Zarpa, una historia verdadera por José Manuel Redondo

Si alguien me lo hubiera contado, a buen seguro, le habría contestado que era un exagerado… Sin embargo, lo que voy a relatar no es algo que me comentara una tercera persona… Ni, tan siguiera, algo que me comentara una segunda persona… Fue algo que viví en primera persona y me sucedió, mientras cazaba codornices en Herrera de Pisuerga y es, por ello, que mi relato –-como decía un gran amigo y excelente cazador, poniendo mucho énfasis, cuando quería dejar algo bien sentado – además de ser “verdadero”,  es  rigurosamente “cierto”.

 

Mi historia comienza, coincidiendo con el principio de mis vacaciones de verano. Como tenía por costumbre desde que contraje matrimonio — y conste que cuando digo “contraje”, no estoy anunciando el contagio de alguna enfermedad — llegué al pueblo dos días antes de la apertura de la “media veda” y, en cuanto me fue posible, me puse en contacto con mi compañero de caza del año anterior. Este, no era otro que Toribio, o mejor dicho,  “Tori” (así lo llamábamos los amigos); un muchacho de mi “quinta” , de 26 años cumplidos, criado en el seno de una familia humilde, trabajador desde muy temprana edad y curtido al sol  y los fríos de aquellas tierras castellano-leonesas. De complexión fuerte, algo más alto que la media, pelo negro, enmarañado, mandíbula cuadrada y rostro agradable, de expresión “socarrona”, impresión a la que contribuía su sempiterna sonrisa. Su voz era potente y decía las cosas “por derecho”, aunque no ofendía al hacerlo. ¡Ah, y te dejaba la mano hecha unos “zorros”, cuando te la estrechaba al saludar…! Así era mi amigo que, además de ser un buen hombre y un excelente compañero, conocía aquellos terrenos como la palma de su enorme mano.

Su perra, era también “singular”: menuda, pizpireta, vivaracha, de pelo corto y color negro; pero no de un negro cualquiera, era de color negro “cucaracha-de-luto-riguroso”; y completamente anura.  Por el tamaño y las “hechuras”, tenía la apariencia de un español-bretón, aunque las orejas estaban algo mas elevadas, el pelo era mas corto y menos sedoso, la capa no coincidía con la de su “estándar” pero, cuando la veías algo retirada, hubieras podido  confundirla, con cierta facilidad, con uno de ellos. Lo que poseía, con independencia de los rasgos físicos heredados de sus progenitores, era una capacidad venatoria sobresaliente, y ello, sólo podía ser atribuido a la excelente calidad de los “genes” transmitidos y, a mayor abundamiento, a que tuvo la oportunidad de desarrollar sus cualidades ejercitándose en el campo siete días a la semana (seis con el padre de “Tori”, que era  pastor, y uno, el domingo, cazando con su dueño).  Su singularidad se hacía patente  hasta en su sonoro nombre: “Zarpa” la llamaban; aunque nunca llegué a enterarme del por qué de hacerlo de aquella manera. Lo cierto era que, aún tratándose de individuos “pintorescos”, lograban formar un equipo compacto y homogéneo –sin fisuras- y, sobre todo, con la ventaja que da el jugar  “en casa”, por lo que el equipo resultaba particularmente eficaz a la hora de cuantificar los resultados (vulgo, “perchas”) de una jornada de caza.

Como, por otro lado, mi perra “Kety” y yo, también éramos “resultones”, no había cuadrilla que nos hiciera “sombra” cazando codornices (de las perdices no hablo, por que yo residía en el levante español y, para cazarlas, tenía que desplazarme hasta la provincia de Albacete, que me quedaba mucho más “a mano”). Es más, diría que, incluso cuando salíamos a cazar juntos, entre ambos siempre se establecía un pequeño “pique”, por aquello de ver que  perra de las dos, “Kety” o “Zarpa”, ponía más piezas o hacía las mejores muestras. De cualquier modo, era una rivalidad sana y los resultados, favorecieran aquel día a quien favorecieran, los celebrábamos los dos, sincera y deportivamente.

  “Tori”, como conocedor de la zona y poseedor, todo hay que decirlo, de determinado tipo de información (que sólo estaba al alcance de los “hijos del pueblo”, pero que nos estaba vedado a los “forasteros”) decidió que lo mejor para el día de la apertura seria acercarnos a un valle, atravesado por el río Valdivia donde, al parecer, se acababan de cosechar las mieses y se habían visto salir de los trigos bastantes codornices.

Así que, dicho y hecho, nos subimos a  mi “cuatro latas” (un recién estrenado Renault 4L) y, en un santiamén, nos plantificamos allí los cuatro…  Justo al tiempo de dejar las proximidades del coche, empezó a ponerse oscuro por encima de nuestras cabezas; no hicimos mucho caso y empezamos a cazar, alejándonos cada vez más del vehículo, aunque sin resultado positivo.  Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos a casi un kilómetro de distancia y fue, entonces, cuando aquello se acabó de poner negro. Primero fueron cuatro gotas, luego ocho y, algo después, caía el agua “a cantaros” y, aunque tratamos de regresar lo más rápido que pudimos, a mitad del camino de vuelta ya íbamos como “sopas”… El aguacero terminó casi de la misma manera que comenzó, es decir, súbitamente y, como ambos, éramos jóvenes de sangre caliente y pasión desmedida por la caza, decidimos, a pesar del remojón, continuar con la búsqueda, encaminándonos, a los rastrojos de una loma, cercana a un “rodal” de monte bajo, donde probaríamos fortuna… ¡Y a fe mía, que acertamos de pleno con la elección!

Nada más entrar en el rastrojo, “Kety” se puso de muestra, y “Zarpa”, que venía tras ella, hizo lo propio  con otra codorniz. Abatimos las dos y seguimos con la prospección del terreno, ilusionados por el buen comienzo. Las perras, cazando en perfecta sintonía, nos dieron un verdadero “recital”: lo mismo se quedaban  puestas con la misma pieza, haciendo la “muestra a patrón” como indican los cánones, que mostraban pájaros distintos, que mantenían la muestra, aunque volara alguna codorniz, indicando con firmeza que todavía quedaba alguna otra debajo de las pajas. En fin, aquello fue de verdadera locura…Las perras estaban “enfebrecidas” por la cantidad de pájaros congregados en aquella parte del terreno.  Recuerdo que, incluso, en uno de los lances, para facilitarme el tiro a una que salió volando “ratera”  camino del monte, mi amigo “Tori” se lanzó cuerpo a tierra en un magnifico “plongeón”, digno de Ricardo Zamora. Ni que decir tiene que, aquella pieza, pasó a engrosar la percha que, a esas alturas de la mañana, se hallaba ya abundantemente nutrida.

Y llegado a este punto, sucedió lo verdaderamente extraordinario de mi historia… “Zarpa”, que había estado cazando la codorniz con una alegría exultante, transformó, en un instante, su manera de cazar. Se agachó, hasta parecer aún más pequeña de tamaño y, después de dar unos cuantos pasos con mucha cautela, se quedó puesta, dándonos la espalda, ante un montón de pajas situado entre ella y el monte que teníamos justo enfrente. “Tori” me llamó y me dijo; “Zarpa” acaba de poner un conejo… Le pregunté: ¿Y tu, como lo sabes?… Me respondió: Muy fácil, por su manera de mostrar, lo hace de forma distinta… Y efectivamente, así era. La perra estaba tan agachada, que casi tocaba la tierra  con  su cuerpo y, de vez en cuando, muy despacio, volvía levemente la cabeza y, mirando de reojo a su dueño, parecía decirle: ¡Ahí lo tienes!… “Tori”, dirigiéndose a su perra, pero sin elevar mucho la voz, le dijo: ¡”Zarpa”, pónmelo de cara!… Y la perra, aquella maravillosa perra, levantó la cabeza, miró a su dueño y, después de un breve instante (supongo que el tiempo imprescindible para calibrar el alcance de la orden recibida), rompió la postura, y trazando lentamente un semicírculo de 180 grados, casi exactos, fue a situarse la otro lado de las pajas (de “cara” a nosotros) y volvió a quedarse tiesa como un garrote. A continuación, en un tono imperioso, “Tori” le soltó: ¡Échalo!…   Y “Zarpa”, sin dudarlo un instante, entró en las pajas como un huracán, mientras el conejo saltaba hacia delante, faltando poco para que colisionase conmigo en su precipitada huida, con aquella “furia negra” pisándole los talones…

Cuando volvimos al pueblo, y sumando las dos “perchas”, pudimos comprobar que habíamos batido nuestro “record” del año anterior, totalizamos: ¡38 codornices! Y porque no estuvo nada mal (ya no volvería a repetirse ese resultado en años sucesivos)  lo recuerdo con un especial cariño, así como recordaré mientras viva, la “demostración” de facultades y conocimiento que nos hizo “Zarpa” y que, sin poner, ni quitar, he contado y que, como advertí al principio de mi relato, es una historia que, además de “verdadera”, es rigurosamente “cierta”.

José Manuel Redondo