Los furtivos buenos

Hoy en día el furtivismo, la caza ilegal, es un delito despreciable porque atenta contra un signo de nuestro tiempo que es el respeto a la naturaleza. Pero durante mucho tiempo esta práctica ancestral mataba literalmente el hambre.

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El auténtico Tasio, Anastasio Ochoa, y el actor que encarnó el personaje, Patxi Bisquert.

El sociólogo Jesús Prieto Mendaza publicó en 2004 dentro de la colección Apuntes Etnográficos editada por la Diputación el libro ‘El furtivismo en la Montaña Alavesa. Algo más que pícaros o burladores’. La publicación rescataba la peculiar relación que sostiene el mal llamado furtivo de la Montaña Alavesa con el medio ambiente. Prieto nos descubre un medio de vida característico de esta zona de Álava.

«El concepto de furtivismo más extendido es sin duda el de aquella persona, cazador, pescador , que burlando la normativa y las leyes que regulan tales actividades emprende de forma ilegal o clandestina la búsqueda de piezas» señala Prieto Mendaza. Es ese personaje odioso que salta a las noticias en la actualidad porque no necesita cazar para sobrevivir, lo hace por placer, por la «erótica de la captura» por mostrar trofeos prohibidos.

Nada tiene que ver con el personaje al que se refiere el libro. Tenemos un referente, Tasio. Esa película describía perfectamente al furtivo que cazaba para sobrevivir. Además, Tasio, Anastasio Ochoa Ruiz, el real, vivía en la Navarra que hace muga con Álava, concretamente en el pueblo de Zúñiga.

Familias de furtivos

«No es a este grupo al que pertenecen mis informantes. Cuando en Campezo se ha hablado de algunas familias de ‘furtivos’, de forma implícita se está aludiendo a otro tipo de cazador, pescador y recolector del bosque. Al emplear la palabra furtivo los habitantes de estos pueblos, de forma inconsciente tienen en mente otra acepción muy distinta. Es la que yo recuerdo desde niño», agrega Prieto Mendaza.

Son hombres a los que la pobre economía de esta zona obligó a adentrarse en el bosque en busca de madera para hacer carbón, boj para los txirrikeros (artesanos de la madera), setas, trufas, aranes, palomas, zorros, no por placer o deporte, sino empujados por la necesidad de supervivencia, en muchísimos casos por la simple necesidad de comer. Su lugar de trabajo es el bosque, el río…Lo consideran como algo suyo, como una especie de propiedad natural. Lejos de ser para ellos un lugar que inspira miedo, habitado por seres monstruosos como los que describía Paracelso, el bosque ocupa un lugar importante en sus vidas y en su panteón, como si de una deidad se tratara.

Con una agricultura en la zona de subsistencia, y escasa en tierra (sólo ocupa un tercio de la superficie) y un bosque muy extenso, es normal la existencia de este fenómeno, al menos hasta los años 70, describe el sociólogo.

Pero en Campezo es una actividad socialmente aceptada, lo que el derecho civil condena, el uso las costumbres, la cultura del pueblo disculpa y comprende.

Es el testimonio de Julián Foronda, uno de esos furtivos buenos el que lo deja meridianamente claro: «No mocete, no. ¡Hay que joderse! Nosotros no teníamos ni una huerta en donde cultivar algo. La huerta nos la dejaba el cura. Si hubiéramos tenido perras… hasta rato íbamos a ir al monte. ¡Ya! ¿Sabes pa qué lo hacíamos majico? Pa comer, que si no nos moríamos de hambre».

Portada del libro de Prieto Mendaza.

La actividad de los furtivos es muy extensa. Todo lo que está en la naturaleza se puede depredar: Perdices y codornices en agosto y septiembre; paloma torcaz desde octubre a febrero con sistemas artesanales como los zumbeles; becadas y malvices; jabalí, conejo y liebre; animales que se cazaban para vender la piel como el tejón –para brochas de afeitar– raposo o zorro, lobos –hasta los sesenta– jineta, garduña, tiguere o gato cerval (lince), paniquesilla o comadreja, nutrias….

En cuanto a la pesca, se hacía en el río Ega, en el desfiladero de Inta (lugar favorito de Tasio). La trucha se pescaba con caña, arpón, trasmallo o botrino. Era uno de los bocados más apreciados. Los cangrejos tenían una excelente fama y se pescaban con retel.

«En junio de 1964, en una semana, saqué seis mil pesetas de vender cangrejos para bares de Vitoria, Logroño, Estella, San Sebastián y Bilbao. ¡Seis mil pesetas! Cuando el sueldo de una semana en cualquier fábrica era de mil quinientas pesetas», le contaba el furtivo Julián Foronda a Prieto Mendaza».

Los hombres del bosque de Campezo y la naturaleza

La caza del micharro (lirón careto) era una de las actividades importantes por lo apreciado que era por su carne y su grasa. También hacer carboneras –la escena más dramática de Tasio– , el boj, las setas, arañones, bellotas, trufas, la confección de la liga para cazar pájaros, la recogida de espliego, tila y manzanilla.

El libro explica con detalle esa relación extraordinaria de los hombres del bosque de Campezo y la naturaleza. Para muestra un botón. La reflexión años después de uno de aquellos furtivos:

«Que nosotros hacíamos mal a la naturaleza? ¡Ya tiene que ver!

Nosotros cuidábamos el monte y lo mimábamos más que muchos que ahora se dicen cologistas o…ecologistas de esos.

Ahora sí que no hay micharros. ¡Qué va a haber! Si los guardas de Diputación marcan para suertes hayas viejas. Pues…¿dónde viven los micharros? En los troncos viejos ¡leches! Así cada vez hay menos, es que…no piensan con la cabeza.

Nunca ha estado el monte más sucio que ahora. Claro, no hay casi ni ganado. Nosotros para hacer las carboneras hacíamos unas limpias que pa qué. Como nosotros no ha cuidado el monte ni el río nadie, ¡nadie!».

Informa: elcorreo.com