La secta animalista

Silvia Barquero, presidenta del Pacma –Partido Animalista contra el Maltrato Animal- hizo en una entrevista la siguiente reflexión, si es que se puede calificar como tal esta vomitona de ideas peregrinas y pueriles: “Lo que más echo de menos desde que soy vegana es la tortilla de patatas; es más fácil dejar de comer jamón que tortilla porque en una tortilla no ves el sufrimiento, pero en un plato de jamón veo los restos del animal y eso es más importante que mi derecho a disfrutar de un sabor”.

Argumentos como este le otorgaron a Barquero –qué gran nombre para un toro o para un novillero del Tardón- un millón y medio de votos, entre el Congreso y el Senado, en las últimas elecciones generales.

El programa político del Pacma tiene apenas cincuenta páginas, que tratan de las granjas peleteras, los santuarios de animales y, como subproducto que es de la izquierda fútil y desnortada de este principio de siglo, asoma en él la inevitable patita anticlerical con una propuesta de derogación de los acuerdos con la Santa Sede, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid repletito de truchas y de barbos.

Decía Chesterton que cuando el hombre deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa. El animalismo es un fundamentalismo religioso –y como tal, peligroso– que, con el pretexto de asimilar las especies animales a la condición humana, no pretende en el fondo sino rebajar al hombre al nivel de las bestias.

Pero por mucho que la secta animalista sostenga la igualdad entre el hombre y los animales, obviando que fue aquél quien puso nombre a éstos, como nos recuerdan Bob Dylan y el Génesis, nadie ha mostrado al mundo el hallazgo de un elefante liberal, un tejón dramaturgo o una zarigüeya monja, con la excepción conocida de sor Lucía Caram.

La fiesta de los toros no es más que el banco de pruebas de situaciones sociales que se debatirán en un futuro cercano y que tienen que ver con la negación de la superioridad intelectual y moral del animal humano, es decir, con la refutación mostrenca de la teoría darwinista de la evolución de las especies.

La alegre muchachada del Pacma, con su ignorancia tuitera y su ética de las emociones, seguramente no es consciente de que el animalismo extremo es el principio del fin de la biodiversidad y del equilibrio natural de este planeta.

Es curioso que los animalistas, abriéndose paso a empujones como pitbulls descerebrados, realicen actos o propongan medidas que van en contra de la causa que dicen defender.

Así, asegurando actuar en defensa de los toros –auxilio que los toros nunca les han solicitado ni tienen previsto agradecerles-, confiesan que prefieren la desaparición de esta variedad biológica con tal de que las corridas sean abolidas, lo que se antoja una atrocidad similar a la que pretendiera eliminar la pobreza exterminando a los pobres.

Son seres pusilánimes incapaces de entender que el toro, como escribió el matador Santi Ortiz, “es un combatiente, un guerrero portador de muerte que sale al ruedo a vender cara su vida, jamás un ser digno de lástima”.

Quizá sea mucho pedir a quienes han crecido con un póster de Simba encima de la cama y rodeados de regordetes y simpáticos hipopótamos diseñados por la factoría Disney, madre espiritual del “animal friendly”.

Para ser animalista no es necesario ser tonto, pero un grado apreciable de déficit intelectual ayuda a metabolizar más rápidamente un argumentario impropio de adultos emocionalmente equilibrados.

Por decirlo de otra manera, es más fácil romper a llorar histéricamente ante la casa de los dueños de Excálibur o gimotear delante de un camión de corderos si es usted gilipollas.

Para regodearse con la muerte desgraciada de un hombre joven al que un toro le ha reventado los pulmones hay que ser, además, un hijo de puta.

Martín Domingo

Publicado en granadadigital.es