Fusil de Luis Galloti

Ante todo presentarme, soy Holland & Holland 470 ‘Round Action’ Double Rifle.
El nombre puede parecer pretencioso, pero es como me llamo. Soy un viejo fusil,  no
uno cualquiera, con mucha historia vivida.
Resido en la sala de armas de un conocido coleccionista de la ciudad de Buenos
Aires. Es un buen lugar para quién está retirado hace algunos años. Mi propietario está
orgulloso de mí y lo comenta con sus amigos que lo visitan, lo cual me agrada
sobremanera. No siempre la vida me ha tratado tan bien.
Nací en mil ochocientos setenta y cinco, en Londres, en la fábrica de armas de los
señores Harris y Henry Holland famosos por  la calidad de manufactura y desempeño
superior de sus productos.
Un Lord ingles, viejo cazador, veterano de Africa y la India, encargó mi fabricación
¿o debo decir creación? con exigencias muy especiales a los señores Holland. La culata
debía ser de madera de caoba, a medida del largo de los brazos del cliente. Estar
segrinada en su empuñadura. En el costado derecho llevaría las iniciales del Lord, J.V.
en oro.  Los caños debían llevar labradas, en los primeros quince centímetros de
longitud, escenas de cacería, en el mismo metal . El punto de mira no debía ser de acero,
sino una pequeña esfera de marfil, para, en condiciones de acecho nocturno de las
presas  poder verlo bien,
Mi fabricación llevó un tiempo bastante prolongado, por las exigencias solicitadas
por el cliente. Como  resultado fuí un fusil de muy buen desempeño, fácil de portar,
potente, de una calidad superior y con una serie de detalles que me hacían único. ¡Una
verdadera belleza! Además, una especie de aristócrata, si se permite la jactancia, por
cuna, la prosapia de haber nacido en la fábrica de armas de mayor calidad en el mundo.
El viejo Lord, al tenerme por primera vez en sus manos, se emocionó, pensando en
las aventuras que pasaríamos juntos. Al día siguiente, fuimos a una propiedad rural
donde realizó los primeros diez disparos. No más que eso, ya que se sabe que los rifles
para cazar elefantes, búfalos,  detener la embestida de un rinoceronte, o la acometida de
un león, tienen un fuerte retroceso, que deteriora cualquier hombro.
Lamentablemente, el veterano cazador falleció pocos meses después, cuando
planeaba una cacería de tigres en la India. Fui sorteado entre los herederos, ya que todos
querían quedarse conmigo.
A mi  nuevo dueño, lo primero que se le ocurrió fue venderme, por una cifra muy
inferior a lo que su padre había pagado por mí. El adquirente, un ingles vagabundo, me
compró porque viajaba a Kenia a tentar fortuna.
Nos embarcamos en un barco de línea y los treinta días de viaje sirvieron para
conocer a mi reciente dueño, le gustaba la bebida, el juego y aparentemente no
demasiado el trabajo. Padecía de una insolvencia realmente preocupante, para los
demás, pero no para él. Con el transcurrir de los días, el ocio hizo que su dinero
disminuyera, debido  a las horas que pasaba jugando.
Al llegar a Mombasa, en el litoral de Kenia, llevaba solamente el estuche donde yo
viajaba, una maleta y apenas unas libras.
Allí se había comenzado a construir el ferrocarril que uniría el litoral con Nairobi, a
muy buen ritmo, con diez mil trabajadores permanentes, la mayoría provenientes de la
India.
En el momento de nuestro arribo una circunstancia inesperada había detenido las
obras. Debido a una gran sequía en el área del Tsavo, la fauna había emigrado y los
leones decidieron, que era más sencillo matar hombres, que antílopes o cebras. De
noche, sacaban al infortunado trabajador de las carpas de campaña y en la espesura lo
devoraban.
Los hindúes habían paralizado la actividad y se había creado un mito sobre que los
“leones devoradores de hombres,” como se los llamaba, no eran fieras, sino demonios.
En ese clima mi dueño, la maleta y yo nos trasladamos al campamento principal del
ferrocarril, para solicitar algún trabajo.- Nos recibieron con los brazos abiertos por la
falta de mano de obra. En la entrevista con un oficial del ejército, este preguntó:
-¿Dígame joven, que habilidades tiene?
-Las que usted me ordene, tengo mucha necesidad de trabajar.
-¿Qué lleva en ese estuche?
-Un fusil de caza mayor.
-¿Lo muestra por favor?
-Como no, dijo él con orgullo.
-Esto no es un fusil cualquiera, usted debe ser un excelente cazador para portar esta
arma.
-Si, soy muy bueno.
-Bueno, desde ya, está contratado, le voy a dar un adelanto importante para que se
establezca.
-¿Cuál será mi función?
– Custodiar el campamento y acabar con los “leones come hombres”.
Allí, el nuevo cazador se dio cuenta del riesgo y comenzó a sudar frío, a pesar del extremo calor. El había solamente tirado a las palomas.
-Establézcase en Mombasa y mañana comenzaremos las batidas.
Pasaron varios días en que el novel cazador, ponía distancia con los leones. Si ellos
iban al norte, el los buscaba en el sur. Finalmente las fieras, en una noche, mataron a
cinco trabajadores y lo obligaron a participar de una batida. Por supuesto que debía de ir
al frente de la patrulla.
El león, al verse rodeado y acuciado por los batidores y sus gritos, atacó a la patrulla.
Nuestro héroe quiso dar la vuelta para alejarse del lugar. En ese movimiento, me
arrancó un disparo que nadie supo nunca a donde fue a parar. El retroceso lo hizo caer y
quedar indefenso. El león, se asustó con el ruido y se volvió a la espesura.
Después de ese lamentable desempeño y del valor demostrado, el intrépido cazador
decidió abandonar Mombasa de noche. Cuando estábamos por partir, apareció un árabe
a cobrarle las deudas  de juego contraídas. El recién llegado, empezó su demanda:
-Me han comentado que piensa viajar.
-Si  Fahd, si puedo esta noche, Kenia no me ha tratado bien.
-¿No le parece que se olvida algo?
-No creo que tengo todo preparado.
-Entonces, ¿también preparó el dinero de los préstamos que le hice para jugar?
-No, pensaba que en su amabilidad, me daría un plazo mayor.
-No creo tener tanta paciencia, usted se iba sin acordarse del pobre Fahd.
-Es que no tengo como pagarle.
-Creo que sí,  me entrega su fusil.
-El fusil es muy valioso,  no me parece que a usted le pueda servir.
-No se imagina lo que lo voy a usar, siempre fui un gran cazador.
-No me parece justo.
-A mi si, buen viaje dondequiera que vaya.
Fahd  fijó sus ojos en mí, tomó el estuche y partimos.
En unos días nos dirigimos hacia el Transvaal, en lo que hoy es territorio de
Sudáfrica. Hacia allí el árabe transportaba mercadería, para vender a la próspera
comunidad bóer.
Estos eran los originales colonizadores holandeses del territorio. Habían establecido
un nuevo  país cuyos cimientos eran: las granjas de los colonos, la ganadería, el marfil,
los yacimientos de oro y diamantes. Hablaban el “africans”, idioma que estaba basado
en un antiguo dialecto flamenco, enriquecido con algunas palabras de swahili y de otras
lenguas nativas.
Durante el viaje, el árabe se lo pasaba cazando para mi gran alegría. Por fin un
dueño que se ocupaba de mí, me valoraba y aprobaba justicieramente mis excelentes
cualidades. Con él cazamos varios rinocerontes, cuyos cuernos tenían mucho valor,
como eficaz afrodisíaco. También dos elefantes con colmillos medianos y un león
que merodeaba el campamento por las noches.
Me gustaba ver como hacía caracolear su hermoso caballo árabe frente a los
rinocerontes. Estos tienen muy poca vista. Cuando nos localizaban, se apeaba y
balanceaba su cuerpo para que nos embistieran. Cuando llegaban a cien metros de
distancia  disparaba,  a veces la inercia de la carrera los traía muy cerca de nosotros, ya
muertos.
Conmigo además  abastecía de carne fresca a su abundante personal. Fueron unos
días de gloria. Es difícil para un arma poder manifestar sentimientos, pero creo que nos
profesábamos una especie de amor mutuo.
Después de unos meses finalmente alcanzamos, el Transvaal y comenzamos el
comercio recorriendo las granjas ganaderas de los Boers. En todos lados éramos bien
recibidos, por la excelencia de la mercadería que Fahd vendía.
Canjeaba colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte que cargaba en las carretas.
Los colonos pagaban las compras con monedas de oro. Disfrutamos de la hospitalidad
de esa buena gente.
Nos disponíamos a emprender el largo viaje de regreso. Fahd, siempre previsor
pensó en conseguir una escolta armada, el cargamento era valioso, no quería tener
sobresaltos.
Antes de nuestra partida, observamos un gran movimiento e inquietud en los Boers,
también preparativos bélicos. Una fuerza británica pensaba apoderarse del Transvaal
por sus riquezas mineras.
En esas condiciones, sin custodia no se podía viajar, si no se conseguía gente
dispuesta  a defender la caravana.
Una mañana temprano se presenta en el campamento un bóer muy alto, de cuerpo
musculoso y pide hablar con el dueño de la caravana.
-Busco al señor Fahd, soy Lothar Pretorius y quiero hablar con él.
-Soy Fahd señor Pretorius, ¿que necesita de mi?
-Me dedico a cazar elefantes, tengo gente para la escolta que usted no consigue. Recién
llego del Limpopo con un cargamento de marfil, le vengo a ofrecer custodia.
-Sé quién es usted Pretorius, su fama lo precede, dicen que es muy arriesgado, decente,
de palabra, pero que negociar con usted es muy difícil.
-Está muy bien orientado, no creo que usted sea fácil.
-Bueno, pero llegaremos a un acuerdo conveniente.
-¿Que me ofrece?
-Dispongo de veinte hombres bien montados y mejor armados. Veteranos de la guerra
con los ingleses. Caballos, carretas, guías y demás enseres.
-¿Cuánto me va a costar?
-Quiero que me compre el marfil que tengo enterrado. Que pague los salarios de mi gente.
-¿Algo más?
-Si 1000 guineas a pagar en Mombasa, al llegar a Kenia. Esa es mi retribución.
-Eso deberíamos discutirlo.
-No es discutible.
-Es cierto que es duro para negociar.
-Usted no se queda atrás.
-Me olvidaba, un pequeño detalle, tengo entendido que tiene un fusil muy bueno.
-Es verdad, ¿qué pasa con él?
-Quisiera que integrara mi retribución.
-Eso no es posible.
-Entonces no hay custodia. Piénselo bien, mañana quiero la respuesta.
Esa noche Fahd no durmió, el fusil era el sueño de su vida, nunca iba a tener uno igual.
Pero sin custodia no podía regresar, no podía arriesgarse a viajar semejante
distancia. La situación se agravaba por la guerra inminente.
Por mi parte estaba muy entristecido, no quería separarme del árabe.
Por la mañana Pretorius se presentó en el campamento para escuchar la respuesta.
-Señor Fahd ¿que ha decidido?
-Con gran dolor de corazón, tengo que aceptar el trato obligado por las circunstancias.
-Me alegro y lo comprendo, usted también es cazador, un arma de esas se tiene pocas
veces en la vida. Se la voy a regalar a mi hijo mayor que me acompaña en los safaris, el
lo va a apreciar y cuidar.
-Bueno pero antes de partir, debemos ajustar el precio de su marfil.
-¡Sabía que no iba a ser gratis!
Mi nuevo dueño Hans era un joven muy andariego, buen cazador como su padre.
Fuimos en un safari al río Limpopo. En aproximadamente tres meses cazó 23 elefantes
de muy buenos colmillos. Era muy hábil, se aproximaba a los animales a caballo y a
contraviento. Cuando estaba a la distancia deseada, se apeaba y  les disparaba al oído.
Era mejor cazador que Fahd y muy arriesgado, nos llevábamos muy bien.
Finalmente estalló la guerra y Hans se enroló en las milicias irregulares pero muy
eficientes de los boers. Elegían correctamente el campo de batalla, lo medían para
precisar los disparos de los fusiles Mauser, que les había enviado el Kaiser
Guillermo. Conocían el terreno y eran muy aguerridos, tenían muy buenos caballos.
Defendían su tierra.
Hans combatió con denuedo y siempre lo ubicaban como francotirador por su
puntería. A pesar de llevar el máuser, también me colocaba en una funda porque para
combatir a caballo era más corto y liviano.
Estuvo en las dos primeras guerras que no tuvieron una definición clara,  los Boers
quedaron en su territorio. Cuando comienza la tercera y última, Hans se entera que los
ingleses habían armado campos de concentración, para las familias de los combatientes.
Fueron pioneros en ese sistema terrible, allí murieron de hambre y enfermedades
veintisiete mil mujeres y niños.
Hans decidió que debía sacar a su familia de ese infierno, viajaron a la Argentina,
adonde había algunos compatriotas radicados en Chubut, en Rada Tilly y Colonia
Sarmiento. El estado nacional les daba seiscientas cincuenta hectáreas a cada familia.
Se radicaron  aproximadamente 600 colonos, que con su habitual tesón y adaptación a
zonas difíciles, proveían de verduras a Comodoro Rivadavia.
En el nuevo mundo Hans se convirtió con su hijo mayor en guía de caza, sus presas
eran los pumas, guanacos, jabalíes y ciervos colorados. Mi calibre era enorme para esas
presas, pero él me utilizaba igual y con mucho placer.
El hijo de Hans compró un campo en Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires
en donde formaron una prestigiosa cabaña de ovinos. Su nieto fue el que ante una
oferta muy considerable me cedió al propietario de la sala de armas de su colección,
donde demás está decirlo, soy la principal atracción.
Los recuerdos de mis propietarios acuden a mi permanentemente.
El viejo Lord, que se encargó de mi fabricación con tanta atención y detalle. La
emoción y alegría que lo embargó al tomarme en sus manos. El júbilo de los únicos
disparos que pudo hacer antes de su muerte.
La falta de interés del hijo que resultó favorecido en el sorteo y me vendió a vil
precio.
El desconocimiento del ingles, que supuso que era sencillo cazar leones cebados
con carne humana.
La alegría de Fahd, lo que disfrutábamos juntos cazando en la sabana y aún en la
espesura. La tristeza que lo embargó al tener que entregarme en una situación límite.
La osadía, y valor de Hans como cazador. Que además me hizo conocer, el fragor
de una guerra despiadada y el horror de las batallas.
Todos ellos me cuidaron y apreciaron mucho, a pesar de mis años me mantengo
en perfecto estado de conservación. Soy la estrella de la colección.
Extraño los amaneceres rojos de la sabana africana, las nieves del monte
Kilimanjaro.
La hospitalidad de los Boers, los cantos de los zulúes.
También la risas nocturnas escalofriantes de las hienas, el rugido del león y el
barritar de los elefantes.
Al comenzar esta narración comenté que tenía mucha historia vivida.
¿Era cierto verdad?

El Ingeniero Cazador

Relato de caza participante en el concurso organizado por Cazaworld, autor Luis Galloti.  Toda la información del concurso en:  Concurso de Relatos