Corzos y cabras monteses invaden pueblos del Maestrazgo

Una cabra pasea por el parque infantil de Montoro de Mezquita / José Luis Lagares

La incursión de estas especies ha obligado en alguno de ellos a que los cazadores siembren en zonas altas de montaña para que los animales no se adentren en los pueblos.

En Montoro de Mezquita, una pedanía de Villarluengo con siete vecinos fijos en invierno y 18 empadronados, las cabras montesas y los corzos se han convertido, prácticamente, en un habitante más. Estos animales recorren las calles de día y de noche, se suben a los tejados de las casas y de la ermita y pasean tranquilamente entre los columpios del parque infantil.

Así lo explica María del Carmen Olague, alcaldesa pedánea de Montoro de Mezquita y propietaria de dos casas de turismo rural en este núcleo de población del corazón del Maestrazgo que lucha por mantenerse habitado y sobrevivir económicamente. Según cuenta, el único remedio que ha encontrado para que las cabras no devoren las plantas de sus macetas es rociarlas con agua y pimienta, una mezcla que desagrada a estos caprinos. «De lo contrario, no dejan ni una hoja viva», afirma.

La familiaridad con que se mueven cabras y corzos por Montoro de Mezquita es tal que «muchos días te asomas a la ventana y te encuentras de frente con la cabeza de una cabra triscando entre las macetas», relata María del Carmen. A cambio, la presencia de este animal silvestre resulta atractiva para muchos turistas que acuden a Montoro de Mezquita con el objetivo de sentirse en plena naturaleza. «Si no ven cabras en el pueblo, se van en su busca por los montes cercanos; les hacen mucha gracia y se han convertido en un reclamo turístico», explica.

«Sustos y frenazos a diario»

No son tan bien recibidas en Gargallo, una localidad de 120 habitantes situada entre un cerro rocoso de las estribaciones de la cordillera Ibérica turolense y el río Escuriza y atravesada de norte a sur por la carretera Nacional 420 (Córdoba-Tarragona) que comunica la capital provincial con el Bajo Aragón. Según advierte el alcalde, Agustín Ramos, cabras y corzos bajan del risco y cruzan la travesía para beber en el río, lo que ha provocado en los últimos años algunos accidentes de tráfico, si bien sin daños personales, «y sustos y frenazos de coche casi a diario, al menos en época de primavera, cuando se mueven más».

Ramos añade que estos animales provocan daños en las zonas de cultivo próximas al pueblo. «Los campos de almendros y olivos jóvenes no prosperan y los huertos que no están vallados, acaban destrozados», explica. Añade que las cabras muerden también el césped del parque infantil que hay junto a la ermita.

Para evitar estos problemas, el Ayuntamiento y algunos particulares han cedido a la Sociedad de Cazadores que gestiona el coto de caza parcelas en zonas altas de la montaña en las que, desde este año, se ha sembrado cereal. El objetivo es que los animales encuentren en su propio hábitat el alimento que necesitan y no se desplacen hasta los aledaños del pueblo. «Hace unos años, cuando empezamos a verlas, nos parecía algo curioso y la gente disfrutaba contemplándolas en lo alto del monte desde la terraza del bar de la carretera, pero ahora son un inconveniente», destaca el alcalde de Gargallo.

En manadas

Vecinos de esta localidad, como Benjamín Azcón, David Lahoz, Benjamín Carbonell y José Luis Palomo, relatan haber visto manadas de cabras con 30 o 40 ejemplares a menos de 300 metros de sus casas, en la zona de aparcamiento para camiones o en el antiguo lavadero. Aunque este año la lluviosa primavera ha llenado de agua las balsas naturales del monte y ha hecho crecer la hierba, frenando el desplazamiento de la cabra montés a las cercanías del casco urbano, todos ellos coinciden en que la población de estos animales está «descontrolada».

Los últimos recuentos oficiales en el entorno de Gargallo arrojan un censo de alrededor de 300 cabras montesas. Javier Gargallo, concejal del Ayuntamiento de este municipio y miembro de la Sociedad de Cazadores, señala que desde el coto de caza «se intenta controlar» el crecimiento del número de estos animales, que proliferan al no estar bajo la amenaza de ningún depredador y se acercan cada vez más a los núcleos urbanos a medida que estos se despueblan.

Sin embargo, el edil reconoce que la labor no es fácil, «pues se han asentado en esta zona y les gusta mucho». El concejal considera, no obstante, que, al menos, sería conveniente que la Administracion competente «reforzara» la señalización que advierte de la presencia de fauna silvestre en la travesía urbana de la N-420 por Gargallo, ya que esta carretera solo cuenta con la típica señal triangular que indica peligro con un ciervo saltando en su interior.

Aunque en otras zonas de la provincia la caza de cabra montés atrae cada vez más turismo internacional, Gargallo no valora por ahora sumarse a este negocio.

Informa María Ángeles Moreno para heraldo.es