Calibre 28 de Juan Arrese

En uno de mis viajes de trabajo, subiendo por el puerto de Morata, mi Sussi (Seat 600) empezó a echar mucho humo con un fuerte olor a cuero quemado, pese a que el motor giraba bien, el vehiculo cada vez avanzaba menos. Con dificultad conseguí llegar a un taller mecánico que estaba al lado  de la carretera, cuando me atendió el tecnicome dijo que se había quemado el embrague, lo que conllevaba una parada forzosa de un par de días, pues con un poco suerte el repuesto vendría de Calatayud. El pronóstico era acertado, pues desmontado, se comprobó que la maza y el disco estaban listos para echarlos a la chatarra.

El mecánico, amable y muy simpático me llevó al pueblo cercano. La sastrería  era el local donde estaba la cabina de teléfonos, y cuando me dieron línea pude comunicar a la empresa, después a la familia de lo que me había sucedido. El servicio de la centralilla era atendido por el sastre llamado Cirilo, al cual por su porte delgado le llamaban Elciri. Camino a la pensión invité al “Bujias” -que de esta forma le llamaban al mecánico- a cenar en un mesón de buena presencia y mejor comida. Durante la cena me dijo que Elciri tenía un intimo amigo que se llamaba Andres, con el cual cazaba, disparando siempre a parado, con escopetas del calibre 28 plegables, y los cartuchos que usaban eran de vainas metálicas, que se surtían de pistones montados en una botica de Calatayud, que la pólvora y los perdigones eran del Bazar a Todo, y que con sus tacos correspondientes los acoplaban, montaban, y cargaban en la sastrería.

A la hora del café se amplió la tertulia con el mesonero, y en el ambiente que teníamos me dijeron que Elciri, siempre bien vestido, había tenido la suerte de que un día que visitaba el pueblo un político de porte lechuguino, llegado de la capital para recabar los votos al alcalde, se le acercó el perro del pastor, un mastín, y que al verlo tan cerca tembló de miedo y reaccionó descargándose en los pantalones. Elciri que estaba cerca, siempre tan educado y correcto, invitó al capitalino a pasar a la sastrería, donde le dio una jofaina con agua y una toalla. También le prestó unos pantalones de su talla, los cuales le sentaron bien. Cuando el político le expresaba su agradecimiento, Elciri le pidió que activara en Zaragoza su petición para que le concedieran un servicio de cabina de teléfonos, ya que el pueblo y sus aledaños carecían del medio de comunicación. Pocos días mas tarde ya estaba trabajando una brigada de teléfonos colocando las instalaciones correspondientes, y de esta forma se convirtió Elciri en el telefonista del pueblo.

El mesonero que también conocía bien a Andres, nos dijo que era muy buena persona, amigo de filosofar y cazar con Elciri. Que entre oficios que desempeñaba, estaban el de sacristán, cartero, pregonero y barbero. También quiso ejercer de sacamuelas, pero un grave incidente en su primera actuación le hizo desistir, pues sucedió que cuando estaba a punto de extraerle la muela a su primer cliente, su acción del tirón definitivo con la tenaza tuvo como respuesta la reacción del paciente, de la cual salió malparado y muy dolorido, ya que faltó poco para quedara castrado.

El tema preferido en las conversaciones entre Andres y Elciri era el de que servía más, y era mas practico para la labranza con los animales, el yugo o la pechera corellón. El ejemplo en el que se fijaban era el de una pareja de comediantes que visitaba el pueblo todos los años, en donde la mujer (de moral distraída) siempre con amplio escote y recias tetas simbolizaba la pechera, y su marido como cornudo el  ajuste del yugo.

Hacia tiempo que Andres había encontrado el escondite donde el cura escondía en un cajón del armario de la sacristía su escopeta del 28, la cual era igual que la de Elciri. Para sus salidas de caza, resguardaban sin vendimiar dos vides que daban unas uvas  que cuando se hacían pasas eran un buen reclamo para los conejos de los cados cercanos. Al inicio del invierno eran habituales las salidas tras los roedores y una como de costumbre se colocaron a ambos lados de la viña, con buena visión para hacer los posibles tiros. Transcurrido cierto tiempo, Andres observó como se acercaba un hermoso conejo a las pasas que colgaban de la vid, asegurando el tiro lo apuntó y disparó, – Elciri se dijo, ya tengo medio conejo- y como el animal no se movía le dio tiempo para volver a cargar el arma y disparar, – Elciri pensó, ahora uno- mas tarde apareció otro conejo y Andres volvió a disparar. Cuando anocheció y se reunieron los dos amigos, Elciri le preguntó a Andres por los conejos, a lo que le respondió diciendo que cuando le disparó al primero este ni se movió, y el bicho asustado huyó, y que con el otro tiro la pieza también se marchó. Con cara compungida le confesó diciendo; escucha Elciri, tengo los perdigones de los cartuchos en el bolsillo de la chaqueta.

Al día siguiente llegaron los recambios en el autobús de línea, con el coche reparado y conformado el talón para el pago de la reparación en la C.A.I. reemprendí el viaje.

Artea-Encina

Relato de caza participante en el concurso organizado por Cazaworld, autor Juan Arrese.  Toda la información del concurso en: Concurso de Relatos