Y así salió mi puesto…de Ignacio García

9 agosto, 2013 • Miscelánea

… el puesto 6 de la armada de la cañada, una traviesa en forma de  “S” que por la orografía daba unas barreras de protección entre las líneas de fuego. Un cortadero de más de 15 metros auguraba como todos los puestos a su llegada, una emocionante jornada montera. Descargué mis aperos, siempre múltiples y la mayor parte de ellos inútiles. En mi mochila llevo, desde un sacacorchos, cuando nunca llevo vino al puesto, hasta unos palillos, cuando muy pocas veces llevo taco a la postura, son algunos ejemplos de los “cachiperres” de todo montero.

Señalo mi posición a mis puestos colindantes, delimitando de forma lo más exacta posible las líneas de fuego, quedando esta vez bastante tranquilo tanto por la seriedad que expresan mis vecinos y por las barreras en forma de rocas y un desnivel que separan nuestras posturas y que nos generan una tranquilidad de tiro pocas veces vista en una armada.

Y tras armar mi herramienta, cargarla y fotografiar como es mi costumbre el puesto y sus alrededores, encuentro con gran alegría una enorme piedra en forma de cubo que adopté de forma inmediata como apostadero, ya que desde ella observaba en un plano alzado toda la espesura a mi espalda del monte achaparrado y la línea de fuego en un disparo a entierro que doblaba la seguridad de mis futuros y deseados disparos.

Y así entre vistazos a mis vecinos y el oteo al encapotado cielo que de forma intermitente amenazaba con descargar un mar de aguas, oí como los perros todavía en sus carros de transporte se iban acercando. Pronto sus ladridos se hicieron más audibles en una dispersión de sonidos que señalaba de forma inconfundible que la suelta había comenzado. Las voces de los perreros entre los diferentes rehaleros indicaban su ubicación para empezar a campear la mancha. Dos de estas rehalas se deslizaron por nuestro cortadero para alcanzar las zonas bajas de la sierra y trabajar a dos manos la mancha montera del día. Al pasar a nuestra altura, saludo cortes, arma en posición segura y el deseo de verlos profundizar por entre las jaras y escobas del monte a nuestro frente. De pronto, los ladridos señalan el rastro de una pieza y como atraídos por un imán invisible todos los perros se perdieron en el monte en una bullicia de ladras prácticamente insoportable, apenas sorprendidos por el jaleo, me atrapa un salto de un venado por mi izquierda que me hace responder con reflejos de un solo disparo sin apreciar por los movimientos de la res si había hecho blanco. Sin tiempo a más reacción, observo como el animal se pierde por el desnivel de mi izquierda en dirección a siguiente puesto, oyendo un sonido fugaz que me indicaba la acción de fuego de mi vecino. Dada la seguridad del puesto y de forma inexcusable en otra situación me acerque hasta el punto de caída de mi disparo observando unas marcas inconfundibles de sangre que se iniciaban en este punto y manchaban de forma realmente sorprendente por su cantidad todo el camino que el venado había trazado apenas unos minutos antes en el cruce del cortadero.

-Cayo?- Pregunte a mi vecino, con un grito claro y directo. Respondiéndome con un tranquilizador Aquí lo tienes. Sin duda su respuesta, no solo que me lleno de satisfacción sino de garantía de tener a mi lado, un compañero montero de los de ley.

De nuevo en mi improvisada y prácticamente inmejorable atalaya de piedra, repasaba mentalmente el efímero lance, a modo de saborear con lentitud, lo que había pasado con tan fugaz rapidez.

Era grande con más de 12 puntas.- Me indicó el rehalero una vez que pudo a duras penas recomponer su jauría y avanzar hasta el punto marcado de inicio de trayectoria y cuyo paso generó la salida de la res. Su indicación generó una explosión de alegría interna, adornada con una leve nube de incredulidad, mientras mi mente repasaba de forma acelerada alguna imagen del lance que pudiera dar veracidad a la aseveración que el perrero me indica.

ya veremos, ya veremos. Repetí como respuesta de agradecimiento a su acción, mientras deseaba que avanzara y dejara libre mi campo de tiro para mas lances monteros. Y así avanzó el tiempo a la vez que mis nervios y deseos se tranquilizaban y mis miradas se deslizaban entre la espesura de monte y el cielo cada vez más amenazador de lluvia.

Y apenas a una hora del primer lance, veo como por mi derecha entre la espesura de las jaras y chaparros asoma una cuerna inconfundible de venado que de forma lenta pero continua parecía traspasar el monte de forma silente. Lo encaro y veo como a punto de su salida por el cortadero, retrocede y se marcha con la misma velocidad lenta y parsimoniosa que traía. Sin duda algo le había hecho cambiar de camino. Disparo en la proyección al pecho que su cuerna claramente visible me indicaba. Su cuerpo desapareció junto con su clara cuerna a modo de ahogo entre la espesura de jaras que le rodeaban y tras unos segundos de desconcierto ante la situación de huida no apreciada y por tanto la certeza de un fallo poco o nada explicable, surgió un movimiento inconfundible del pataleo agónico del animal en el punto de fuego, lo que señalaba la acción certera del disparo y la despedida de la vida del animal en su punto de herida. Tras unos breves segundos de lucha, el silencio y la quietud se adueño del lugar donde fijaba mi mirada, escrutando los resquicios del monte ante la espera de ver al animal ya muerto, fruto de un lance que por lento y planificado era la contraposición del primero que había disfrutado, en ya una jornada inolvidable.

Los medios telefónicos sustituyeron en mis manos al arma que descansaba en mi hombro y con un mensaje advertía de mis éxitos a mis amigos, en una notificación fruto de mi alegría y de cierta egolatría por el éxito de mi aun media jornada montera. Y cuando las respuestas empezaron a llegar, la lluvia tomo el relevo del protagonismo y en una cortina continua y abundante, nos obligo a buscar refugio en la encina más cercana, manteniendo el arma a mitad de camino entre su resguardo del agua y su disposición de acción, por si algún animal aprovecha este momento para pasar el cortadero. Y así por mi vecino de la derecha, paso una piara de no menos de cuatro guarros sin que mi compañero se apreciara de su tropel por el camino cada vez mas cargado de agua y de incipientes canalillos de agua en busca de mayores depósitos.

Y así avanzó gran parte de la jornada que restaba, viendo como esos incipientes canalillos se transformaron en preocupantes torrentes de agua que me hicieron dudar de la posibilidad de salida de aquel cortadero, si no es con la ayuda de un imaginario helicóptero que viniera en nuestro salvamento. De todos es sabido que la soledad del puesto montero es generador de imaginarias situaciones que por imaginativas son siempre exageradas y las mayores veces bastante irrisorias.

Cesó la lluvia cuando apenas quedaban pocos minutos para que los rehaleros, que ya venían de vuelta, alcanzaran su final de camino y comenzaran las caracolas a recoger a los podencos y dar por finalizada la batida. El cuerpo estaba encogido por la protección frente al agua precipitada y el deseo de ver de cerca el fruto de nuestra acción directa, desperezaba los músculos, cuando de frente a mi postura, unos pájaros saltaron como asustados por diversas direcciones. La ya forjada experiencia me hizo encarar mi arma en el punto de salida de las aves y de forma sorprendente un cuerpo negro paso como un bólido por el estrecho hueco de dos jaras que apenas me dio tiempo a pulsar el gatillo, soltando un disparo que sin llegar a terminar su trayectoria ya sabía de su infructuoso camino. Las jaras fueron talameandose por el camino que aquel ya salvado guarro llevaba en la profundidad del monte. Otro que cría este año, pensé en un lance que en otra ocasión podía ser desesperante, pero hoy con el doblete ya logrado dejo a ser una guinda de un día ya inolvidable.

La montería se dio por finalizada y el marcaje de las reses pasó a ser la función siempre deseada. El primer venado, que remato mi compañero, no fue el espectacular pavo que presagiaba el perrero al inicio de la montería sino un normalito venado montero de ocho puntas, algo delgadas y con dos de ellas algo rotas. Digna de mención la actitud señorial y montera de mi compañero, certificando la acción certera de mi primera sangre y felicitándome de mi acierto. Ojalá siempre fuera así y tuviéramos todo un comportamiento tan “SEÑOR”. La sorpresa fue en mi segundo trofeo, un bonito venado de 14 puntas con dos largas luchadoras y una corona bien conformada e igualada. El punto de entrada del proyectil fue certero y agradecí que su sufrimiento fuera mínimo, un buen ejemplar que por su comportamiento en el avance y huida ya hacía pensar de su experiencia en el campo.

La salida de las posturas fue ardua debido al ingente barro que la lluvia persistente había generado y que generó no escasos atronamientos de los modernos vehículos todo terreno en el pegajoso barro arcilloso de la finca. Una excavadora y los tractores trabajaron con una insultante facilidad ante la avergonzada belleza de los hoy, no tan brillantes turismos, algo de venganza había en el paisaje y de justicia tal vez divina.

El tapiz de la junta de carnes se fue poblando del fruto del día y por justicia no valoro el resultado de la montería por el número de ejemplares que se ven en el punto de reunión sino más bien por la cantidad de lances que todos los participantes cuentan al calor de unas sabrosas judías como eran las de este día. Recordar el hermoso navajero del hermano de J.C.V. y algún otro venado montero que allí se acercaron y entre risas y buena armonía dimos por finalizada una jornada que termino como empezó entre monteros y rodeados de amistad. El regreso fue sencillo, agradable y con un buen sabor montero y con un recuerdo inolvidable de un doblete y la lluvia en un pueblo minero.

Relato de caza participante en el concurso organizado por Cazaworld, autor Ignacio García.  Toda la información del concurso en: Concurso de Relatos

 



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