Una espera más… o no

28 agosto, 2017 • Pluma invitada

Montado de copiloto en un viejo Opel Frontera, veo el monte de siempre, cada vez con ojos diferentes, con una nueva ilusión. ¿Qué será esta noche? Recuerdo las historias de los que, más viejos que yo, cuentan una y otra vez como venturas de un tiempo que difícilmente vuelva.

Siempre hablan de los buenos tiempos de conejos, de cuando se contaban por decenas, de aquel gran jabalí que fulano mató a no sé cuántos metros o de un doblete prácticamente imposible.

A mi lado, compañeros de traqueteo, dos sabios, cazadores de siempre, el señor Alonso y mi padre y maestro; ambos artífices de algunas de esas pasadas hazañas.

Todo va cambiando, el campo es constante dinamismo; en las tendencias de los animales, en las artes venatorias e incluso el concepto de la caza. Son tiempos difíciles éstos para el cazador. Se nos ponen más trabas que Facilidades; la mayor parte de las veces sin fundamento alguno.

Servidor, con menos de treinta años, ha ido viendo como la presión animalista de una minoría oportunista quiere destrozar una actividad tan legal como necesaria.

Yo, como humano que siente, me he planteado varias veces la correcta moralidad de lo que hago. ¿Cómo es posible que alguien que ama la naturaleza mate? He ahí el error y respuesta: no mata, caza. Persigue, acosa y en ocasiones da muerte con nobleza, si el animal no logra escapar.

Al llegar al puesto, como si de un ritual religioso se tratase, compruebo el viento, la firmeza del apostadero, el foco de mi arma, la munición y luego, disfruto. Disfruto del regalo más grande que Dios le hizo al hombre, poder tomarle el pulso a la naturaleza.

Frente a mí, un monte repleto de jaras y encina y saliendo de él, tantos buenos recuerdos.

Que venga a mí ahora ese pobre urbanita alterado, digno de compasión, el cual pasea a su yorkshire por el asfalto ardiente del caos y duerme en sesenta metros cuadrados. Que venga y me hable de amor a la madre tierra.

Esto es tan antiguo como el hombre, tan inevitable como vital.

La noche me habla, evoca en mí sentimientos que sólo la caza consigue. El corazón me ahoga en la garganta al oír el monte.

Respeté a la cierva que, creyéndose segura, amparada por la noche, nunca supo de mi cercanía. Respeté a la zorra por joven y por esperar al viejo cochino, el cual esta noche decidió no aparecer.

Voy atesorando momentos en el morral. Miro a mi alrededor y me sobrecojo ante la plasticidad de mi pasión.

Veo cómo la luna vierte plata en los alcornoques, en las jaras y las encinas. Confirmo ante esa luna mi convicción de cazador y prometo llevarla con orgullo y cabeza alta pues es herencia de unos valores que los animalistas, seres ‘robóticos’ que repiten consignas sectarias, nunca podrán comprender. Valores de nuestros ancestros, gente que vivió y sufrió el campo fuera de la comodidad que aporta el sofá frente a la televisión. Una televisión y redes sociales que dan voz a charlatanes traspasando todo tipo de fronteras con una impunidad pasmosa.

Venden la hipocresía, el sadismo de la mano ejecutora que quita una vida, según ellos, sólo por diversión.

No, señores “perrofláuticos”, mi fin es cazar, no matar. Y si esto es muerte, prefiero esta bendita muerte a una vida plastificada, con los ojos vendados, que no quieren ver de dónde viene la ternera.

Esta noche cacé pero no maté. Saboreé la compañía de esos maestros de antaño, esos que te dan consejos y cuentan historias.

La buena caza hermana personas y no enemista, promulga leyes que no se escriben y se repiten, como las anécdotas, a la vera de una lumbre.

La caza eleva el alma y cura penas, es una de las raíces primitivas del hombre. Practicarla es un honor si se hace con la ética correcta. Es necesaria por

ecología, por conservación, por economía y por tradición, por conservar el sagrado vínculo con la tierra.

Voy llegando al Opel Frontera. Prendemos un cigarro para comentar lo esquivo de los suidos de esta noche. Una espera más… o no. Todo depende de cómo se mire. Que cuatro radicales indocumentados no nos apabullen. Sacad pecho, sois cazadores.

Que el mejor lance sea siempre el que está por venir.

Alberto Serradilla Garzón


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