Por esto se caza

28 octubre, 2019 • Opinión

Se caza porque se bebe, porque se pinta y se canta, porque se esculpe el mármol, porque se baila; se caza como se quiere, porque con amor se caza, sin prisa, aprendiendo, en silencio y con el alma.

En introspección, quien más y quien menos se ha preguntado alguna vez el porqué de sus placeres, el origen de la satisfacción que supone conseguir un anhelo, la inyección de endorfinas ligada al más puro hedonismo.

¿Y por qué la caza? ¿Por qué el monte?

Por primitivo, por simple, por salvaje, por su innegable naturaleza humana, por inevitable, como el destino de un papel de seda sobre la llama.

No por muerte, aunque esta sea el digno final de muchos lances; por necesidad.

La necesitamos, sí.

Sí ecológicamente hablando, pero más aún para nuestro hambriento y antiguo ser.

Por lo mismo que el vino envuelve el paladar y embriaga los sentidos, por lo mismo que reímos y lloramos, por lo mismo que descansa el cuerpo al aliviar un dolor, por el mismo motivo por el que se eriza el vello al besar al ser amado.

Por instinto puro, inconsciente y desligado de razón. Porque el placer es placer y buscamos satisfacer el ello freudiano de múltiples maneras. Y tanto vale enamorase de la Piazza Navona, como del Clair de Lune de Dubussy o del latir de una rehala.

Quitadme lo superfluo, apilad en una pira mis bienes materiales, dejadme desnudo un último día ante el amanecer de enero y seguiré siendo yo.

Quemad en esta hoguera de las vanidades lo tangible y comprable, quedaos con vuestros perros y el campo, con vuestros amigos y el taco.

Ni todo el Barroco pudo concentrar la muestra del setter, ni el flamenco de Jerez la pasión del primer día.

No hay Stradivarius que entone una berrea, ni Lorca que describa la pausa previa al lento y pasional beso de Febo al prender el arrebol de cada tarde, ni el vals que bailan la vida y la muerte acompasado por un trote y el silbido de una bala, entre ladridos y crujir de retamas, no hay palabras en el Decamerón que evoquen el olor de las jaras ni cinceles en el Renacimiento para esculpir un roble, no hay infierno descrito por Dante como alejarme de esta miel, ni cielo en la Capilla Sixtina para batir mis alas.

Como el amor, irracional, cazamos porque nos gusta; odiamos la muerte si sólo es muerte; amamos la caza sólo si es caza.

Que mi Chianti sea amargo si es la sangre de mis perros, cada jornada un lienzo del Louvre, cada pieza una escultura de Carrara.

Se caza porque se bebe, porque se pinta y se canta, porque se esculpe el mármol, porque se baila; se caza como se quiere, porque con amor se caza, sin prisa, aprendiendo, en silencio y con el alma.

Alberto Serradilla Garzón


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