Oda a Parche de Alfonso Marín

30 agosto, 2013 • Miscelánea

Ya van a hacer 10 años que falleció el que sin duda ha sido el mejor perro de agarre que he conocido, dudo que nazca otro igual y le quiero rendir estas breves líneas. Parche así se llamaba era un dogo argentino grande para su raza, bien formado y con unas características morfológicas espectaculares. Destacaba por su amplio y solitario parche oscuro en la cara, de ahí su nombre.  No tenía pedigrí, no lo necesitaba. Me alegraba que me dijesen lo bonito que era y sin embargo no era comparable a su mayor virtud, su aptitud y actitud para los agarres, que demostraba una y otra vez haciéndonos disfrutar a todos los que tuvimos la suerte de conocerlo.

Perdonarme si en algunos puntos lo trato como a una persona pero sin duda muchísimas veces pensé que nos entendía y se ganaba ese respeto.

Cazaba con mi padre, y a pesar de ser muy cariñoso y obediente nunca cazaba con otra persona que no fuese con él. En los agarres le daba igual quien fuese la persona que rematase el cochino, en cuanto recuperaba el aliento corría a buscar a su único podenquero. No pasa día en el campo sin tener cierta envidia por el vínculo que llegaron a crear entre mi padre y él. No cazaba nada o casi nada, si lo comparamos con un buen perro puntero, o por lo menos no cazaba según el concepto que yo tengo de cazar. Pero esa no era su función, como dice un buen amigo, una rehala es como un equipo de futbol. Como dije anteriormente era un perro de agarre puro, guardaba sus fuerzas para cuando los demás le necesitaban, tanto si corrían una ladra como si tenían parada una res. Ahí es donde hacía valer su extraordinario potencial físico y predisposición.

Muchos fueron los lances que le recuerdo y en todos demostraba su calidad, en algunos cercones llegaba a participar en veinte agarres seguidos, muchos de ellos en solitario. Le gustaba morder en la cepa de la oreja, preferentemente la derecha, una vez que hacía presa, se empujaba contra el costado del cochino y se guardaba de las puñaladas. Pero las puñaladas no eran excusa para soltar, jamás soltaba hasta que el cochino daba su último aliento por profundas que fuesen sus heridas.

Le era indiferente que el cochino estuviese parado o corriendo, guardado en una maraña o sentado de culo esperando a los perros. El resto de perros sabía que era él, el que definía con los grandes cochinos y en ocasiones parecía que lo llamaban y esperaban. Nunca tuvo tanta fuerza la rehala de mi padre, cualquier res que se parara ha hacer frente a los perros era cogida, a él lo esperaban y con su ejemplo todos mordían. Nunca tuvo una tan poca como el siguiente mes de retirarlo. Ya no mordían todos, seguían esperándolo.

Cuando se escuchaba ese ladrido característico que a todos nos hace distinguir un cochino de cualquier otra res, en esos momentos se le aceleraba el corazón y corría la distancia que lo separase de su presa igual que un velocista. No importaba la distancia, no importaba el terreno, si él corría había que correr detrás, puesto que adelantaba al resto y el desenlace era cierto. Cuando llegaba al cochino no había ni un segundo de duda, como diría Julio Cesar “llegué, vi y vencí”. Cada vez que veo algún perro de presa ladrando a algún cochino aculado lo comparo con Parche y como se suele decir, las comparaciones son odiosas, es mejor mirar para otro lado.

Un día tras haber cogido varios cochinos espectaculares, íbamos cazando por unas lomas de jarales y los punteros dieron con un gran barraco a unos 200 metros, rápidamente los punteros le apretaron y le hicieron salir de la mata a la carrera. En ese momento como hacía en ocasiones en las que las ladras se oían a la carrera o eran un poco lejanas, Parche se adelantó unos metros a mi padre se giro y lo miro. Parecía que le estaba preguntando “¿Vamos?”, y con un gesto de aprobación por mi padre los dos salieron a la carrera. En un instante Parche le dio alcance al cochino e hizo lo que mejor se le daba, según iban a la carrera, le toco el culo, el cochino se giro para defenderse y ahí estaba él para agarrarle la oreja y esperar a que llegase su compañero y terminase el trabajo de equipo. El guarda que los acompañaba, lo había visto todo se había quedado con el zurrón de mi padre diciendo, “no corras que no lo pilla”. No se lo podía creer, el perro sólo había agarrado con una sencillez pasmosa a un cochino que acabo dando oro.

El destino hizo que cuando ya no iba a los cercones de cochinos, uno de los días que no debía de ir de montería, se subiese varías veces al camión mientras cargábamos el resto de perros y a la tercera decidiéramos que por su cabezonería saliese a disfrutar del día y ese se convirtió en el día de montería más triste que recuerdo. Su dentadura que estaba bastante mal por la edad y la cantidad de agarres a lo largo de su vida, hizo que no sujetase lo suficiente al cochino por su oreja preferida, la derecha y no hubo nada que pudiésemos hacer por él.

Fue un gran perro y mejor amigo.

Niram



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