Noviazgo de Alejandro Pozo

31 agosto, 2013 • Miscelánea

Recuerdo con nostalgia la cacería de hace 40 años en Monfragüe , en la finca Las Cansinas, propiedad de mi familia. Sería la tercera o cuarta vez que iba a ir a un puesto y por fin me daban una escopeta de mi abuelo Fernando de la Cámara, una Sarasqueta de dos cañones del armero eibarrés, preciosa y antigua, siempre guardada en su funda de piel.
Era una mancha familiar, con algún que otro invitado y las chanzas eran numerosas desde el almuerzo con migas y torreznos. Sorteo y a nosotros, un amigo mío y yo, tenientes médicos, nos tocó un buen puesto.
Con los vehículos nos acercamos al cortafuegos y empezamos a subir con los aparejos de caza y los tacos. Nos asentamos, controlamos los puestos contiguos y con la tensión en aumento, esperamos a las rehalas que hicieran su trabajo.
Al cabo de un tiempo, los ladridos de los perros, los gritos de los perreros, “ahí vaa”, el ruido de las jaras, nos iba sumiendo en un silencio, solo roto por los ruidos de mis tripas, mi amigo Javier, alerta con el rifle y yo tumbado con el taco entre las piernas y la escopeta al lado dormida.
Un crujido que iba en aumento y el no saber qué animal sería, igual un perro, de detrás nuestro rompió un guarro entre los dos y sin pensar le metí un tiro a bocajarro que le dejó seco diez metros más allá. Me emocioné, era mi primera pieza y no me lo creía. La culpa fue del jabalí, yo ni sabía, pero se empeñó.
Los familiares de los puestos vecinos, empezaron a divulgar que ya había novio para la cena y yo temía lo que me iban a hacer, pues había oído cosas horribles, hasta marcar a una persona en medio de la borrachera.
El resto de la jornada transcurrió con el abatimiento de algún venado y otros guarros y la recogida fue ardua en algunos lugares.
La comida, una fabada y toda mi familia metiéndose conmigo y dándome de beber, para darme ánimos. A los postres mi descernimiento era ya escaso, cuando me amarraron con unas cadenas y comenzaron a echarme unos huevos en la cabeza junto a la sangre del animal y tazas de harina. Parecía Bob Marley con las rastas.
El fiscal hizo su alegato, que si era un asesino, que le había hecho sufrir, que tenía jabatos, en fin una congoja, menos mal que el defensor puso mucho énfasis en decir que estaba enfermo y que como atenuante el alcohol y al ser militar que pensé que era el enemigo.
Lo peor fue cuando uno  de mis tíos quiso cortarme un mechón, pero me hice entender que en Enero volvía a la Academia de Sanidad Militar y no podía ir con un trasquilón, pues la sala de banderas se abriría para mí.
Yo lloraba con grandes gestos y decía que lo sentía y me absolvieron, con lo que al soltarme abracé a todos los que pude y embadurné a casi todos.
La noche clara de Diciembre en mi Extremadura, el fuego de una buena chimenea y la charla tranquila, con unos vasitos de cualquier cosa y no le pido nada más a la vida.
Bueno, ahora ya no, soy montero desde entonces.



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