Entre ninjas, becadas y amigos (I)

20 diciembre, 2017 • Caza Menor

21-23 noviembre de 2017

Querida Rusa en la lejanía, voy a empezar por el final: como me conoces mejor que nadie. Bien sabes que cada temporada de caza y siempre fiel a su cita no dejan de visitarme dos esporádicas pero latosas inquilinas, la tremenda gripe estacional que con sus más virulentas cepas me deja fuera de juego un par de semanas y alguna que otra jornada de esas en las que no acierto a un cura en un montón de cal, pues en mi viaje a Huesca se conjugaron ambas ecuaciones y fruto de la extenuación y la desmoralización ocurrió lo siguiente…

Buscábamos Koldo y yo un lugar para cruzar el río en dirección al coche. Serían ya cerca de las 15:00 h, una pierna tenía que pedir permiso a la otra para dar un paso, y no me preguntes cómo pero, a pesar de mi sordera cada vez mayor, escuché un beeper y, de forma inmediata, el GPS de Murua indicaba que Checa por enésima vez en lo que iba de mañana estaba puesta.

Miré a Koldo con cara de angustia:

— ¿A cuánto está?

— 240 metros— exclama con tranquilidad y una mueca de sonrisa.

Doscientos cuarenta metros pueden no parecer muchos. Desde luego, a primera hora de la mañana, es poca cosa, pero a las tres del mediodía y tras algunos kilómetros por el Pirineo aragonés, en ladera, un pinar atiborrado de bog y con un gripazo de época, te aseguro, Rusa, que es cosa seria; tanto es así que el bueno de Koldo, a pesar de su lesión de hombro que lo mantiene virgen de caza durante la temporada y con un callado por compañero como única arma, ni corto ni perezoso me responde:

— Lasai Miguel Ángel, dame la escopeta, yo voy, tira para el coche.

Hay que estar muy jodido para no servir la muestra de una perra con sorda, y más una perra como Checa, pero cuando el corazón quiere y las piernas no pueden, que si quieres arroz, Catalina.

Kala y Bruce, mis dos perros, tus jóvenes y legos compañeros que bien conoces, Rusa, se fueron con Koldo, y yo poco a poco crucé el río y me paré en un pequeño alto que me permitía seguir escuchando tras más de diez minutos el beeper. Se dejaba de escuchar y, en menos de dos minutos, el tiempo de rebusca preceptivo de este regalo de la naturaleza que es Checa ya se escuchaba otra vez, y así hasta tres veces. Ya casi en el coche, escuché, pampampam, tres disparos muy, muy seguidos, de los que tiran los sorderos experimentados en la espesura, el ratatá que tantas veces immortalizó ‘el Capi’, Miguel Pájaro, y que tras tantos años en la profesión no soy capaz de hacer.

Pensé que la sorda se había ido a criar, como suele pasar en estas ocasiones que no se escucha un único disparo. Ya en el coche me cambié la ropa empapada por el sudor, un trago de una bebida energética y al poco vi aparecer a Koldo con el Valenciano, ambos a paso ligero:

—Miguel Ángel, ¡cartuchos!— me inquirió. La falló, me apresuré a pensar, lógico, su primer disparo de la temporada y el hombro jodido, no podía ser de otra manera.

Saqué tres cartuchos del chaleco, me giré para dárselos y su mano extendida me entregaba la sorda. ¡Qué grande! No dio tiempo a nada, se giró y volvió dirección al monte:

— ¿A cuánto?

— ¡Dios Santo! vaya paliza te espera, pero con Checa nada es imposible.

Según se iba, a unos 50 metros se giró y me gritó:

— ¡Esa sorda guárdamela aparte, quiero que me la cocines especial!

Y sin duda así será cuando termine la temporada. Estoy deseando que llegue ese momento, y revivir una y mil veces estos dos intensos días que tuve la suerte de disfrutar (y sufrir) en el Pirineo oscense con él, Koldo Murua, Txomin Rogel, su hijo Iván, y sin duda ‘las ninjas’, las auténticas protagonistas: Checa, Cora, Nala, y el Valenciano.

Sé que te vas a poner celosa cuando escuches lo que tengo que contar de ‘las ninjas’, y a pesar de todo me quedaré corto en halagos. Sí, sí, ya sé que el primer día que saliste pusiste una sorda a Edu en menos de hora, y que yo llevaba ya doce jornadas sin ver una, lo sé, lo sé. Lo que tú me has dado en el monte no me lo va a dar nadie y lo sabes, pero soy un cazador tremendamente afortunado por poder decir que he cazado con Koldo y sus ninjas. Nunca vi nada parecido y dudo que lo vuelva a ver.

Te preguntarás qué se me había perdido en Huesca, como si no te conociese. Todo es raro y atípico este año, compañera. No ha llovido nada desde hace meses, en la que ya es la mayor sequía desde que se tienen registros, lo que hace que los montes estén como un erial, secos hasta límites insospechados; los arroyos, sin agua; fuentes que nunca se secaron, secas; sin charcos en los caminos, y con el chaleco lleno de agua para los perros en vez de para nosotros. Es algo increíble, y claro, aquí no hay sorda que pare. La semana próxima es la final del Campeonato de España de Becadas en La Rioja, para la cual estoy clasificado, y no era plan llegar sin haber visto un solo pájaro. Menos mal que lo que la suerte no nos da en forma de lluvia y densidad de becadas en nuestros cotos, me lo compensa con creces con la amistad de gente como Koldo Murua, que viendo la aciaga temporada que llevaba, incluso el viaje a Bulgaria que la semana pasada tuvimos que suspender por la ausencia de migración incluso en aquellos lares, no dudo en llamarme, ofrecerme la posibilidad de cazar en su privilegiado coto oscense y pasar lo que han sido dos días inolvidables e impagables.

Tras un poco minucioso repaso, propio de mi dejadez, de todo lo básico en el maletero, GPS, beeper, escopeta y perros, arranqué el martes rumbo a Sabiñánigo, con muchos síntomas ya del gripazo que me acechaba pero con una ilusión por montera que hacía las veces de eficaz analgésico.

Dejar la gran mole de hormigón tras de ti e ir poco a poco acercándote al embrujo de Pirineos es una sensación tan personal que cuesta plasmar con palabras en un texto sobre una cuartilla…

Es un viaje largo, pero se hace tremendamente corto recordando todas y cada una de las infructuosas jornadas del último mes en Guadalajara y Burgos, con Pilar, Oscar, Edu, Moya, Esteban, Belarra, donde los almuerzos, comidas, cenas y terceros tiempos eran lo único digno, y bien digno de reseñar, amén de alguna jornada tras las perdices con mi padre y mi hijo Martín, y la inmensa alegría que sentí el jueves pasado cuando ‘el Capi’ cazó su primera galiñola (focha común) en la Ribeira Sacra tras varios años en el dique seco. Todos estos pensamientos me rondaban mientras escapaba de un entorno de vida urbanita, cada vez más artificial y alejado de la realidad: un mundo irreal, virtual, que estaba desvirtuando hasta límites insospechados palabras como ecologismo, animalismos, naturaleza, etc. Una prostitución de estas palabras por grupos igualmente radicales de, en su mayoría, seres deshumanizados e insociables que proyectan su animadversión al ser humano y a las colectividades, a los ancestrales e inherentes instintos que han hecho al ser humano llegar hasta donde ha llegado y evolucionar de primate a Homo sapiens desde el mismo momento en que evolucionó a cazador.

Escapar de una urbe donde toman protagonismo estas sectas de nuevo cuño, tan similares al nacismo; escapar para sobrevivir, porque en último fin, de una forma u otra, es una cuestión de supervivencia, un mecanismo que permite al ser humano mantener ciertos instintos predadores en un estado de desarrollo constante, fiel a la propia evolución de la especie frente a la involución que predican quienes humanizan a la naturaleza para poder manejarla a su antojo, sin que se les pueda rebatir su patético, absurdo, egoísta e irracional concepto y discurso de vida, en el cual los perros llevan bufanda, los gatos duermen en camas, y ambos son castrados sin el menor pudor, por su bienestar.

Los kilómetros pasaron rápido y sin darme cuenta estaba ya en Sabiñánigo, donde Koldo me acomodó en el confortable piso que alquilan para pasar la temporada el clan Murua, junto a algunos amigos…

Miguel Ángel Alonso Valdivieso

(continuará)


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