Movimientos anticaza, entre la desinformación y la hipocresía (III)

20 diciembre, 2016 • Pluma invitada

La caza como herramienta de gestión sostenible

Los efectos positivos que la actividad cinegética tiene sobre la gestión y control de las poblaciones salvajes tienen innumerables ejemplos fuera y dentro de nuestro país. El control de estas estas poblaciones mediante su caza debe estar basado siempre en criterios de corte científico y en estricta consonancia con el sistema de cupos de captura, para cazar lo que sea estrictamente necesario en la época que corresponda. Por eso los cazadores no podemos cazar todo lo que queramos cuando nos venga en gana. Existen periodos específicos para realizar esta actividad y, en muchas especies, cupos de captura rigurosos que se revisan anualmente y están sujetas a planes técnicos de caza. Cuando un cazador no sigue estas normas o premisas deja automáticamente de serlo y se convierte en furtivo.

La mayor parte de los animales salvajes viven confinados en territorios más o menos extensos. Los límites de estos territorios los marcan nuestras valoradas infraestructuras (carreteras, ferrocarril, ciudades, etc.) que les privan de su capacidad innata de trasladarse o huir en busca de alimento, agua o refugio. Cuanto mayor es el asentamiento humano y el nivel de desarrollo, las áreas de confinamiento de estos animales son más reducidas, su mundo se hace más pequeño. Las poblaciones aisladas, muchas veces sin predadores naturales, crecen y crecen sin control. Únicamente enfermedades muy específicas o periodos de climatología extrema (sequía, olas de calor o de frío prolongados, etc.) ponen a estas poblaciones “en su sitio” ante la imposibilidad de conseguir suficiente alimento, agua o refugio. Así es como se autorregula la naturaleza, matando de hambre, sed, frío o calor.

Precisamente, otro de los argumentos clásicos de los anticaza es que la actividad cinegética supone un sufrimiento éticamente inaceptable. Alegan que no es necesario cazar porque la naturaleza se autorregula por sí misma. Efectivamente, pongamos en contexto la vida y muerte de los animales que viven en libertad. La caza no infringe más sufrimiento al destino final de cualquier animal, en todo caso, puede adelantar su muerte. Casi todos los animales que viven en este planeta mueren sufriendo, bien unos segundos o minutos en manos de un depredador, o agonizando horas, días o semanas de frío, calor, hambre, sed o penosas enfermedades que les infringen dolores prolongados hasta su adiós final. Por tanto, ¡claro que la naturaleza no necesita la caza para autorregularse!, pero no olvidemos que esa autorregulación natural es extraordinariamente más dura y cruel que la regulación vía gestión responsable de las poblaciones mediante la caza. No sé si alguien ha visto morir animales de hambre o sed, pero el panorama supone un drama, primero mueren las crías, después los animales viejos y enfermos en una agonía que se hace eterna.En grandes extensiones de África, Asia, o algunas zonas de América, esta autorregulación natural puede suponer la muerte de varias decenas de miles de animales en unas semanas ante, por ejemplo, una eventual sequía que se prolongue en exceso. Pero además, hasta que esa sangrienta autorregulación llega, el crecimiento de determinadas poblaciones de fauna salvaje puede poner en peligro la coexistencia e intereses de animales y personas: conflictos con el ganado, la agricultura, los accidentes en carreteras, el deterioro de patrimonio histórico, etc.

Es frecuente además que el crecimiento de las poblaciones suponga la aparición de enfermedades que ponen en peligro la propia supervivencia de las mismas. Para que no progresen, la administración (no los cazadores) se ve obligada a erradicar estos animales, literalmente barrerlos de forma masiva, a veces incluso con la ayuda de helicópteros. Un ejemplo clásico, sin irse muy lejos, son las epizootias de sarna en rebecos y cabras monteses en el norte y sur de España.

La caza reglada nos permite regular los desequilibrios que ocasiona la sociedad moderna, esa sociedad de consumo de la que los anticaza no reniegan. Esa de la que disfrutamos todos, los que cazamos y los que no cazan, anticaza, como digo, incluidos. La fragmentación de las poblaciones y pérdida de su hábitat por nuestras infraestructuras, la aparición de especies exóticas importadas, los terribles efectos de la agricultura y la ganadería intensivas, hacen de la caza reglada y sostenible hoy una herramienta imprescindible para regular lo que la sociedad moderna ha alterado o perturbado. Donde no cazamos los cazadores, lo tiene que hacer la administración, asumiendo los agentes forestales el papel de cazadores, agentes a los que obviamente tiene que pagar esa administración con nuestros impuestos. ¿No es más lógico que los cazadores aporten recursos a la administración para mantener estas poblaciones saludables en lugar de tener la administración que sufragar los costes para su regulación? ¿No es más lógico realizar planes técnicos con cupos de captura por las que los cazadores pagamos cuantiosas sumas de dinero? ¿No es más lógico cazar y mantener estas poblaciones con criterios científicos que dejar que mueran agonizando por enfermedades?

La caza y la conservación de espacios naturales

La caza sostenible y reglada genera vida, sí, sí, he dicho vida. En Tanzania, por ejemplo, donde hoy está permitida la caza, esta actividad genera 75 millones de dólares con los que se financian, según National Geographic, 15 de las 17 áreas protegidas del país. ¿De dónde pretenden sacar este dinero los anticaza?

Existen enormes espacios naturales en Europa y en otros destinos mundiales que se han conservado en buen estado gracias a los intereses vinculados al aprovechamiento cinegético, evitando el empuje del desarrollo y la destrucciónn que lleva aparejado (Comisión Europea, 2004). En Europa existen numerosos ejemplos en los que las poblaciones de determinadas especies en peligro de extinción sobreviven en zonas acotadas donde encuentran tranquilidad y alimento. En España también hay decenas de ejemplos, uno de los más conocidos y representativos es Doñana (antes reserva de caza). Nuestro Parque Nacional más emblemático fue creado y llevado a los más altos niveles de fama mundial por, entre otros, algunos cazadores ilustres de la época como Luc Hoffmannel, duque de Edimburgo, o Jorge de Pallejá, junto al científico español Tono Valverde. El rey Don Juan Carlos, por cierto, cazador, también colaboró estrechamente ante las autoridades españolas para conseguir la declaración de Doñana como Parque Nacional en 1978. Pero hay ejemplos más cercanos y menos conocidos, como la Casa de Campo en Madrid. Este pulmón verde de la capital hoy no es un hervidero urbanita gracias a que antes fue reserva de caza y se mantuvo a salvo de cemento, ladrillos y asfalto. En el resto del mundo hay millares de ejemplos, como los últimos reductos donde existe el majestuoso y apreciado tigre en Asia, que se conservan gracias a que en el pasado fueron reservas de caza para los marajás. Animal, por cierto, en peligro de extinción no por la caza reglada, sino, de nuevo, por la furtiva para conseguir sus huesos destinados a la medicina tradicional china. Otra vez el gigante asiático a escena, pero los defensores de los animales, ni mu sobre este asunto…

[Continuará]

Daniel Rodrigo

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