Movimientos anticaza, entre la desinformación y la hipocresía (I)

7 Diciembre, 2016 • Pluma invitada

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El tratamiento que los medios dan a la caza normalmente es indecente, sesgado, subjetivo, dirigido y amarillista. Las noticias están plagadas de errores, equivocaciones y muchas veces se tergiversan de forma malintencionada. Se incorporan además los tópicos y prejuicios que comparte la mayor parte de la sociedad para conseguir el seguimiento y efectos deseados. No existe interés por contrastar las noticias, que suelen estar muy alejadas de los datos rigurosos y reales. Se busca criminalizar al sector, lo que importa es el mensaje de “lo políticamente correcto”: desprestigiar la caza, y a fuerza de repetir el mensaje, termina calando. Pero no por repetir muchas veces una mentira termina siendo verdad.

Uno de los paradigmas más famosos sobre este asunto, una de las consecuencias más asombrosas, lamentables y que a su vez representan el ejemplo perfecto de criminalización de la caza, fue el trato recibido por el cazador que abatió a Cecil, el afamado león de Zimbabue. El linchamiento fue orquestado por el colectivo de “defensores de los derechos de los animales”, que de derecho deben conocer poco, y de civismo, menos. Tras conocerse la identidad de Walter Palmer como la persona que había abatido, presuntamente de forma ilegal, al león Cecil, los “defensores de los derechos” de los animales comenzaron una brutal campaña de acoso contra este dentista estadounidense. Las redes se llenaron de insultos, sometiendo a Palmer a un ‘linchamiento virtual’ con miles de mensajes llenos de amenazas. El acoso incluyó numerosas amenazas de muerte y visitas intimidatorias a su domicilio particular y a su clínica dental (que se vio obligado a cerrar). También hicieron pública su residencia particular y la de sus vacaciones. La actriz Mia Farrow, en concreto, tuiteó a sus más de 600.000 seguidores la dirección de su domicilio y ha tenido que vivir con protección policial durante mucho tiempo.

Palmer afirmó en todo momento que cazó a este león con el convencimiento de estar actuando legalmente dirigido por sus guías profesionales. Aseguró que no tenía conocimiento de que el felino abatido fuera tan conocido y objeto de estudio por la Universidad de Oxford. A veces, lo que no gusta y lo ilegal son cosas distintas. Hay un indicio claro de que Palmer no conocía la relevancia del felino en cuestión, pues dejaron el collar con el radio-marcador colgado de la rama de un árbol en el mismo sitio en que fue abatido Cecil, en lugar de tratar de ocultarlo o destruirlo, dato este bastante significativo, ¿no creen? Las investigaciones recientes de las autoridades de Zimbabue parecen confirmar esta circunstancia. Han comprobado que Walter Palmer tenía todos los papeles en regla y le han absuelto. Por tanto, todo lo que hizo Palmer fue legal, aunque le hayan arruinado a él y a su familia la vida los “defensores de los derechos” de los animales… antes de ser juzgado si quiera. ¿Dónde estaban los derechos de Palmer como ser humano, los de su mujer e hijos? ¿Y la presunción de inocencia? La falta de compasión y empatía a la que aluden con frecuencia los anticaza es un rasgo psicopático cuando acontece con “animales” que evolutivamente y geográficamente se encuentran próximos entre sí. Y un humano está más cerca de otro ser humano que un león, hasta donde alcanza mi intelecto. Hecho que pasan por alto animalistas y muchos anticaza.

Algunos, a pesar de su inocencia demostrada, justificaran este linchamiento porque, al fin y al cabo, Palmer “asesinó” un león. Los leones en occidente se ven como animales entrañables a los que hay que proteger. En donde habitan, sin embargo, se ven como una amenaza para su sustento, el ganado, que sufre ataques constantes de este y otros felinos. El ganado es hoy el medio de vida de la mayor parte de los nativos de las zonas rurales de África, y cuando digo vida lo digo en el sentido más estricto de la palabra. Pues también lo ven como una amenaza para sus propias vidas. El león mata unas 70 personas al año en África, cifras censadas y oficiales, no registradas, muchas más. Cualquiera de estas cifras harían incompatible la conservación de una especie en Europa o EE. UU.; reflexionen ustedes sobre este asunto. Y reflexionen también sobre los leones que mueren a manos de los nativos para asegurar su vida y sustento en comparación a las muertes ocasionadas por la caza reglada.

Los nativos necesitan un incentivo para conservar el león y su entorno. Necesitan un argumento para no exterminarlo, porque para ellos sólo es un problema que amenaza su vida o medio de vida, es así de sencillo. Ese incentivo se asienta sobre el retorno que les aporta el turismo de caza y el fotográfico. Pero la caza es la que normalmente aporta más recursos en las zonas más desfavorecidas e inaccesibles. Creo sinceramente que es sencillo de entender.  En África hay unos 35.000 leones distribuidos en 27 países. La población de leones decrece año tras año, es verdad. De hecho, en los últimos 20 años se ha reducido a la mitad. El cálculo es sencillo: han muerto casi 2.000 leones al año. Cecil forma parte de los 600 leones que se cazan cada año en África de forma legal, muchos criados en cautividad específicamente para su caza. Por cada león que se caza de forma legal mueren 3 o 4 de forma furtiva. ¿Contra qué o quiénes hay que dirigir entonces los esfuerzos, contra los cazadores legales o contra los furtivos? Muy interesantes las reflexiones sobre este asunto a las que llegó el conocido activista anticaza Mikkel Legarth, en las que detalla como la prohibición de la caza de leones en algunos países acabó precisamente con este felino.

[Continuará]

Daniel Rodrigo

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