Maese raposo por José Manuel Redondo

21 octubre, 2011 • Miscelánea

Ya llevábamos viendo al zorro varios domingos y, como aquel año no era bueno para el conejo (la “mixomatosis” y la “hemorragia vírica” seguían causando estragos entre sus filas), no queríamos que “maese raposo” fuese el causante de más bajas en la sufrida población de lepóridos de nuestro coto y, por ello, nos hicimos el firme propósito de acabar con sus andanzas en cuanto se nos brindase una oportunida

Maese raposo”, como así le llamábamos los de la cuadrilla, era un viejo macho, con una cola enorme (alcanzaba casi los cuarenta centímetros de longitud), densamente poblada  y de color casi negro, que contrastaba con el color de su pelaje que, en el lomo, adquiría tintes plateados, lo que nos hacía suponer que debía tener cinco o seis años de edad (los zorros pueden llegar a alcanzar 7 u 8 años de vida) y una experiencia que le había permitido sobrevivir a cuantas dificultades se había encontrado hasta el momento presente.

Era realmente astuto y siempre que lo habíamos vislumbrado, había sido de forma fugaz: en alguna asomada, entre dos luces o al clarear el día y, por supuesto, siempre fuera del alcance de nuestras escopetas. Todos le teníamos ganas pero no se nos presentaba oportunidad alguna de acabar con sus andanzas y correrías por el coto. La “hura” que utilizaba como domicilio se hallaba enclavada en lo más espeso del matorral que ocupaba una buena parte de la finca, casi en su centro geográfico y, debido a la densidad de la maleza de la zona, no cabía posibilidad alguna de darle caza en ella.

En multitud de ocasiones organizamos “ganchillos” (poniendo escopetas en puntos estratégicos, mientras el resto de la cuadrilla pateaba el campo) para ver si, en alguno de ellos, lográbamos hacernos con el ladino y astuto animal, pero todos nuestros esfuerzos acabaron siendo un rotundo fracaso… ¡Siempre escapaba en el último momento y siempre nos dejaba con tres palmos de narices!

Un día, a poco de entrar en el monte y mientras cazábamos en mano tras las perdices, me dí cuenta de que Serko, mi perro, iba cojeando. Le llamé  y observé que tenía clavada una espina en una de sus patas delanteras. Estábamos justo en la linde del matorral con una tierra de labor (un trigo ya cosechado) y me encontraba agachado limpiando le herida que se había producido cuando, al levantar la cabeza, vi algo que se movía, algo que me resultó familiar nada más verlo: ¡Vi a “maese raposo” que venía por el rastrojo derecho hacía mi, sin percatarse de mi presencia! Supongo que influyó en ello el hecho de que estuviese agachado y medio tapado con la vegetación de la zona y de que el aire me soplase de cara, por lo que no pudo detectarme por el olfato.  Sujeté a Serko para que no se moviese, quité el seguro de la escopeta que se encontraba a mi lado apoyada en una mata de esparto y me dispuse a esperar acontecimientos…

Y los acontecimientos se produjeron… ¡Vaya si se produjeron!. Cuando faltaban unos pocos metros para llegar a mi altura, vi a “maese raposo” pararse en seco, levantar la cabeza y olfatear con intensidad el aire para averiguar la procedencia de los olores que le llegaban (al parecer había cambiado el viento y había detectado nuestra presencia)… No me lo pensé, ni esperé más. Me puse en pié de un salto, me encaré la escopeta y, justo cuando se estaba dando la vuelta, le solté el primer disparo y, cuando saltó, alcanzado en un costado, le descargué el segundo y… ¡Allí se acabaron sus andanzas!

Nunca pensé que fuera yo el que acabara con su existencia, pero el azar así lo  quiso. Un cúmulo de circunstancias concurrieron para que fuese posible algo que llevábamos buscando desde hacía mucho tiempo y fue a mi a quién le tocó “la china”.  Su destino le jugó una mala pasada y la fortuna lo abandonó en el último momento…

Sin embargo, al verlo tendido en el suelo y pensar que ya no volveríamos a verlo a lo lejos, entre dos luces o al clarear el día, sin darnos oportunidad alguna para cazarle, que ya no teníamos contrincante, me noté un sabor agridulce en la boca…  En el fondo, siempre había admirado su habilidad para evitarnos y, por que no decirlo: ¡Casi le había tomado cariño!

José Manuel Redondo



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Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. Bernardo Martinez Gil dice:

    Gracias José Manuel por tan buen relato. Entiendo esa doble sensación de alegría y tristeza a la vez.

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