Madera de Cazador: Un lince en la espesura

26 noviembre, 2015 • Miscelánea

En enero de 2002 moría Camilo José Cela. Parte de su obra acuñó un estilo narrativo, tan sorprendente como criticado, que podemos leer en Mazurca para dos muertos, La cruz de San Andrés o en la que fue su última novela, Madera de boj. El escritor gallego nunca mostró afinidad por la caza; sus apuntes sobre la naturaleza están presentes a trazos en algunos de sus libros. El autor de este relato se vale de esa forma de narrar para trazar una historia con tintes venatorios donde se mezclan realidad y ficción. Un doble homenaje: a la obra del escritor y a la gente que ha hecho de la caza parte de sus vidas.

Capítulo I: Un lince en la espesura

Un lince en la espesura. Obra de Pablo Capote.

Los llanos de Sierra de Fuentes están preñados de liebres, paren matacanes a discreción, un llano con sus terruños no puede aguantar tanta liebre, esa carga no la aguanta ni Dios, a Ricardito Casasola Medrano le va más el conejo, pieza menuda de pelo y monte, del otro ya no quisiera contar, que es más esquivo y de mayor sigilo pero tampoco, los parros del Ejido se doblan con tiragomas, no todo el mundo lo hace bien pero de un chirlazo en la cabeza se pueden domeñar los pavos reales y los gansos, se quedan aleteando como posesos de la muerte que les espera, un minuto o media hora si hace falta, la muerte nunca tiene prisa, sabe que al final gana la batalla y por eso no tiene prisa, para eso ya están las perdices de La Coraja, para ganarle tiempo al tiempo, van por delante del tiempo y de la mano, siempre muy ventajosas de la mano y del tiempo, aunque a veces se encasquillan bajo la aulaga y te sorprende el rebumbio a menos de treinta metros, no pasa casi nunca, cuando sucede es como una ensoñación, tan improbable como ver un gato cerval en una umbría cerrada, uno se le apareció a Cándido Mogedano en una noche de luna, andaba a los cochinos en la baña y se le metió el bicho a dos palmos del tollo, Cándido no pudo contenerse las aguas, se acordó de las palabras del padre Luciano, el que vea un lince que venga pronto a confesarse porque de ese día no pasa, es una señal para los elegidos y el páter le metió el resuello al pobre Cándido para los restos, el lince se fue por donde había llegado del hedor que había, se perdió como un ánima en la blancura de la noche, José María Retortillo, Chemari, caza la torcaz como pocos, sus cimbeles se cotizan más allá de la Raya y los portugueses le pagan lo que pida, nadie sabe cómo los enseña, ni a nosotros nos lo contó ni hay manera de quitarle su fijación por llevarse el secreto a la tierra que se lo trague para siempre, el caso es que baja los bandos como quien mea, es todo un espectáculo, el doce es el calibre global, pocos empiezan tirando con el doce pero todos acaban en él, nadie se mete con el dieciséis a lo que salga por la fronda cuando lo que pudiera salir es la vulpeja, a tenazón sí se cobra, pero si desencama avisada ya se puede gastar plomo, el caso es que hay veces que se doblan fácilmente, tontamente y hasta incrédulamente, ahí quedan yertas tras la perdigonada en el alma, en los pulmones también pero mejor en el alma, ésta es la perdigonada que las mata, Máximo Semeo Alfonso no cree que las raposas tengan alma, las cazó toda la vida de las cuarenta y seis maneras posibles y no vio nunca salir nada de sus entrañas, ni una nube ni un llanto de espíritu, ni una mísera doblez de la mirada, no tienen alma ni la tendrán, Cándido suspendió el aguardo y se pasó el camino a casa llorando y moqueando como un niño de teta, de aquello hará unos años en agosto y sólo nos lo contó a Chemari y a mí, nos doblamos de la risa cada vez que hablamos de ello pero Cándido no ha vuelto a cazar de luna desde entonces, al padre le quebró los morros cuando se lo cruzó a la tarde siguiente.

– ¿Y dijo bien la misa después del azaroso revés?

– No sé; eso pregúnteselo a otro que yo ya me entregué sin cansancio a la mala dicha del purgatorio que nos ha de llegar a la mayoría.

En los cebaderos de tórtolas hay quien echa sal además de trigo y veza, nadie entiende lo de la sal, yo podría saberlo porque prometió contármelo Segundino Toril Vadillo, el acemilero de Los Zurupetos, mientras el sol se oculte por poniente todo seguirá como hasta ahora, con la soberana y bien determinada templanza de los días sucesivos, la liebre y la avutarda comen carne y eso lo sabe cualquiera, es tontería no creerlo, en Sierra de Fuentes dejan las reses muertas allí donde San Francisco les vino a dar la extrema unción, ni las mueven de sitio ni las queman, para qué, en pocos días sólo queda el osario y entonces ya pesan un soplo y se llevan al vertedero, no hay nada como dejar trabajar a la naturaleza, tarde o temprano se comerá los muertos que parió, eso sí es ley de vida, no como la atrocidad de Taranjo, nadie quema una finca porque sí pero aquellos salvajes la encendieron sin escrúpulo, nunca se vio tan doloroso y descomunal tizón como el que dejó aquel brazo de fuego, hasta ciento cincuenta hombres tardaron seis días en ahogarlo y todos acabaron resecos y marcadamente cegajosos, si aquella tarde no se hubiera torcido el sol al ocultarse, ahora sabría por qué salan los rastrojos y los eriales, dicen que entra más tórtola pero es difícil de precisar y un tanto fatigoso, a Segundino Toril le asestó una sajadura en el occipucio la malandanza de aquella tarde destemplada de julio, el sol se torció en su caída y el pobre Segundino se llevó la peor parte, le sobrevino la muerte por la espalda y así no hay quien pueda reaccionar ni rezar un tedeum por los años vividos, cepo, lazo, veneno, calabozo, foso, calentura, parto forzado, emboscada, estrangulación, recova, ahogamiento y descarga eléctrica son algunas asechanzas para dar fin a la zorra, Máximo Semeo Alfonso conoce las treinta y cuatro formas restantes, empleó todas con parejo éxito y desigual gallardía, unas debilitan más que otras pero todas valen para lo mismo, los mejores reclamos de perdiz salen del campo, pero no hay mayor daño que robarle al campo sus machos reclamos de perdiz, así la especie se agosta y se evapora, luego vienen los lamentos, siempre llegan tarde los lamentos y el cazador entorna su recuerdo sobre la nostalgia de futuro que ya comienza.

En homenaje a Camilo José Cela

Texto: DPS. Dibujos: Pablo Capote.

[Publicado en TROFEO, nº 423 y 424, agosto y septiembre de 2005]

 


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