Las cosas de la Montería parte III

30 agosto, 2010 • Miscelánea

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Me meto en el pegotillo, que esta pegado al camino, muy despacio, para que el arranque, si es posible, no sea muy brusco. Pero sí, una leche, según me siente sale arreando, le suelta el tiro a “moja dedo” y se pira el canalla. Qué le vamos a hacer. El día esta resultando maravilloso.

No he visto ningún perro de los míos, lastima, estarán en la otra parte de la mancha. Ojalá lo estén pasando bien y quiera Dios que no tengan contratiempos.

Transcurre la mañana componiéndose y descomponiéndose el campo, ¡qué gozada! Los perros vuelven. En el collao dan con un cochino, posiblemente parao desde el agarre anterior. Esta vez se arranca pegando un arreón de monte. Si tuviéramos suerte y se descolgase…, pero quiá, sobre sus pasos toma de nuevo el repecho.

– ¡Los cochinos a los bajos! decía Yebes.

– ¡Los cojones treinta y tres!, digo yo.

El campo, poco a poco, vuelve a su ser y la montería toca, sonando turutas y caracolas, a su fin. A recoger, hay que marcar las reses. Cada uno a lo suyo. Mi hijo va al tiro de su res y yo al de la mía.

Rápido encuentro la sangre. Un reguero impresionante que le hace caer al lado de la casilla, exangüe. Y ni un mal gesto, salvo que al final abre el paso. El vecino no está en su puesto y tampoco sus bártulos. El bicho está marcado.

– Jodeeeeeer, ya empezamos.

Desde ahí voceo a mi hijo, y me contesta que él no encuentra el suyo. Partimos la distancia y nos juntamos en consejo.

– Me dicen los del puesto de por encima, que mi venao iba pegado y que se ha echado bajo un chaparro, al lado de ellos. Pero que de pronto le han dejado de ver y no saben donde ha ido. Lo malo es que no encuentro la sangre, ¡si me hubieras dejado rematarle!

Le pregunto qué han cobrado ellos y me responde que un venao.

– Será el fantasma, por que si de la collera uno ha saltado para atrás y el otro se quedó en el monte aplastado  hasta que decidió salir para que luego te le ojease yo, ya me contaras de donde han sacado ese venao.

Duda, pero decide volver a repetir el camino, para encontrar la sangre y la supuesta cama. Parte de nuevo cuchillo en mano. Eso es afición.

Yo con mi “run run”, me bajo al encuentro de mi vecino, que supongo esperándome en mi coche.

– Buenas.

– Buenas.

– ¿Qué tal?

– Bien, he matado un venao muy bonito en el arroyo.

– ¡Ah, bueno! porque el de al lado de su puesto es mío.

– Pues ya somos tres.

– ¿Cómo que tres?

– Dice el guarda, que es del señor del puesto de atrás. Que se ve claramente como ha cruzado el arroyo y ha ido a morir en la casilla.

– Me extraña que un guarda como el de esta finca, más listo que un jineto, diga que ese venao es el que cruzó el arroyo.

– Ahora se lo pregunta usted.

– En cuanto llegue, no se preocupe.

Efectivamente al rato aparece el guarda en compañía  del puesto de atrás, quien repite con amargura que su venao, el diría que era mas grande.

– Pues efectivamente, amigo, por que su venao no es ese, si no el del arroyo que se lo he rematado yo. ¡Ese es mío!

Excuso decir la cara del transportado, a quien el guarda miraba con cara de pocos amigos.

– O sea que de dos venaos que había matado usted, el de la casilla y el del arroyo, resulta que ahora no ha matado ninguno, le espeta.

– Naturalmente, digo yo, como que este señor no ha tirado en toda la montería, como va a cobrar nada.

Un color se le iba y otro se le venia. Hay que tener cojones para apuntarse dos reses, sin haber tirado ¡que bárbaro!

Marcho al puesto, recojo y espero a que llegue mi hijo.

– Nada padre, no lo encuentro.

– Pero como lo vas a encontrar, si está encontrado desde el principio de la montería. Resignación.

Al lado del vehículo nos encontramos con el del “rifle con silencioso“, como dicen en los pueblos a los silenciadores. Qué careto tiene el pollo. Nos morimos de la risa. El guarda no le ha querido montar en su coche y no tiene más remedio que volver con nosotros, pobrecillo. Aguanta el tipo y no se disculpa. A mitad del camino nos encontramos con unos conocidos suyos.

– ¿Puede usted parar un momento?

Se tira del coche como si fuera un paraca. Que risa ¡La Virgen!

En la casa nos enteramos de que los perros han cazado bien y que solo faltan seis por llegar, lo clásico. Luego nos acercaremos a la suelta a echar un rato con ellos y que nos cuenten como ha transcurrido el día, que perros sobresalieron, y algún sucedido, que siempre los hay.

Llegamos a la comida y como es costumbre los amigos y el Capitán de Montería nos preguntan.

– Lo hemos pasado fenomenal.

– ¿Pero qué habéis tirado?

– Pues… nos miramos y contestamos a la vez, cuatro venaos.

– ¿Pero, qué puesto teníais?

– Pues… el del monte Calvario.

Evidentemente no lo entienden.

– Estupendo, enhorabuena.

Efectivamente, nos seguimos mirando con una sonrisa de oreja a oreja, lo que hace que todo el mundo dé por supuesto el resultado y no pregunte más.  ¿Enhorabuena?, ¡pues sí coño!, hemos pasado un día estupendo.

En esos momentos, en la montería actual, nadie está para aguantar relatos tan largos. Y el Capitán, pobre, con el coñazo que le damos menos, bastante tiene. Que les vas a contar, la mayoría tienen prisa y es difícil compartir experiencias con ellos. La vida moderna y globalizada. Una lástima.

Por eso y con vuestro permiso, me he atrevido a contar aquí, “las cosas de una montería“, donde compartiendo puesto con mi retoño (brote verde si eres socialista) y con un solo rifle, como debe ser, cobramos algo menos de lo que teníamos  que cobrar, pero  lo pasamos de cine.

Un saludo y muchas sierras.



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