La caza, integración y solidaridad

14 noviembre, 2017 • Opinión

No es la caza una actividad en la que en la inmensa mayoría de sus miembros no predomine la lógica que determina la realización de su buen ejercicio.

Entre las peculiaridades que la actividad cinegética desarrolla, está la caza social, a diferencia del sucedáneo que supone la comercial, en donde se confirma la destacada solidez de los manuales preescritos con los cuales convive en plenitud de armonización como un fiel reflejo del carácter civilizado que la identifica.

Con asiduidad se emiten opiniones subjetivas realizadas desde la perspectiva de una desorientada intuición o tomando como referencia difusas expresiones que hacen caer a sus autores en un grave error de percepción y no desde el estudio que les haya podido activar el conocimiento profundo de las interioridades de una práctica que guarda en sus entrañas, como bienes preciados, el claro sentido de la responsabilidad y el orden (no hay más que acercarse a su mundo y observarlo, para darse cuenta).

Pero, pese a todo este compendio de buenas sensaciones cívicas, la caza necesita, cuando menos, atenuarse de las críticas sin sentido que recibe tan sumamente abusivas y sin control. Con la intención de desactivar en la medida de lo posible estos viscerales procesos de propaganda subversiva caracterizados de “leyenda negra” que le otorgan quienes pretenden hacerle daño, cabe lanzar un mensaje como argumento alternativo único, por más que esclarecedor de una realidad insoslayable: el de las cualidades positivas que son los valores universales que la caza ejerce como marco tradicional.

Fuera del ámbito de su acción directa y como consecuencia de ella, la caza cultiva en su seno gran cantidad de relaciones personales y de conjunto que de forma mayoritaria guardan respeto a las diversas ideas y sentimientos. Se formalizan generalizadas estas condiciones, en la integración de los grupos en proyectos comunes y en la igualdad en el trato en perjuicio de pretendidos privilegios. Dentro del capítulo de la concordia, el de la convivencia amistosa, se traduce en un claro mensaje de generosa camaradería entre personas consecuencia directa de una bien entendida tolerancia que adquiere vínculos de afecto, simpatía y confianza, llegando incluso a transmitirse y consolidar más allá de la generación de origen.

Tampoco le es nada ajeno a la venatoria el estímulo de la solidaridad en el que ha venido afianzando un notable estado participativo. El colectivo muestra su mejor talante altruista, creando desde muchas de sus organizaciones gestoras, numerosos e importantes programas de funciones humanitarias, cada día más, que tienen como finalidad prestar su apoyo a organizaciones de acción social dedicadas a la atención de los más necesitados a través de la donación de importantes lotes de alimentos y de productos procedentes de la caza.

De todo lo cual se deduce que el de la caza es un ejercicio deportivo en donde la capacidad del entendimiento y comprensión que desarrolla con gran sensibilidad son fundamentos de capital influencia para mejor beneficio de la sociedad. Se tiene que intentar desterrar la contumacia del vetusto y anacrónico cliché de “verdad inventada” o “postureo falso” que se ha enviado a la ciudadanía, porque no obedece en concreto a una realidad objetiva, ni nada que se le parezca. Por eso hay que poner el máximo empeño en la instrucción de la causa de los cazadores a través de una superior presencia mediática con datos y opiniones contrastadas y no meras obviedades. La necesidad obliga. El compromiso de quien tiene la mayor responsabilidad es otro.

Para ello, nada mejor que reivindicar que las instituciones del sector tramiten la gestión y ordenamiento de una dinámica y acertada disposición en el empleo de métodos con finalidad educativa de mayor contenido e intensidad lectiva que la actual.

Eduardo Bros Martínez

Publicado en lne.es


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