Este cazador invidente vive una segunda vida gracias al campo y la caza

5 mayo, 2020 • Noticias de caza

Félix María Díaz se quedó ciego en 2018 y tuvo que ponerlo todo de su parte para volver a encontrar una razón para vivir.

«Tengo el resto de sentidos mucho más desarrollados ahora y los aplico cada vez que salgo al campo. Me he vuelto a encontrar otra vez, soy otra persona y soy feliz»

Redacción | Se llama Félix María Díaz y su historia es ejemplar. No solo es un claro ejemplo de superación y de la conexión tan fuerte que un cazador puede tener con la naturaleza, sino también de que la caza está compuesta por un sinfín de matices que en la mayoría de los casos poco tienen que ver con la acción de abatir un animal.

Natural del pueblo segoviano de Vegas de Matute, Félix siempre ha sido un gran aficionado a la caza y los perros. Ya bien pequeño hacía sus incursiones «cinegéticas» acompañado primero de su tirachinas y más tarde de una humilde escopetilla de balines. «Con el tirachinas era un hacha», asegura. Ha practicado desde la caza menor con perro, acompañado por diferentes perros de muestra, como la paloma al paso, la tórtola, la becada, el jabalí al salto y la caza menor con sus podenquillos, una de las modalidades que más ha disfrutado. Pero un mal día todo cambió.

«Un par de narices»

La historia de Félix comenzó hace dos años. Un día de abril de 2018 Félix comienza a encontrarse mal y a tener vómitos y malestar. Arrastraba desde hace tiempo problemas de visión, que no obstante no le impedían desarrollar una vida normal. Tras un mes de calvario termina quedándose totalmente ciego. En ese momento, a Félix se le cayó el mundo encima.

Sufrió una dura depresión que le hizo perder 16 kilos. Además de la pérdida total de visión, en el mes de noviembre de ese mismo año sufre un ictus y posteriormente tuvo que estar ingresado una semana más en el hospital durante el mes de diciembre.

Todos esos acontecimientos terminaron por derrumbarle, reconoce, y desde ese mismo momento tuvo que recurrir a la ayuda de un psicólogo y un psiquiatra para intentar encontrar de nuevo el camino de su propia vida.

En el momento en que Félix salió del hospital, el médico le dijo una frase que fue muy importante para él: «O le echas un par de narices o se acaba la vida». Esta frase hizo que Félix volviese a replantarse su vida y, junto con la ayuda de su familia y la ONCE, comenzó poco a poco a salir de su depresión.

«Poco a poco comencé a pensar de nuevo en mis perros, en lo que me gustan el campo y la caza, y pensé que todos mis proyectos y sueños, como  poder cazar con mi hijo, no se iban a poder realizar nunca». A pesar de que estos pensamientos le entristecieron siguió siendo consciente de que necesitaba reaccionar o todo lo demás se iba a acabar para él.

Para él, los aromas, los sonidos, el tacto de una simple piedra, las sensaciones, la compañía de sus perros y familiares son solo algunos de los motivos que le han devuelto la vida después de quedarse ciego hace dos años y verse sumido en una fuerte depresión. Como él mismo afirma, si no le hubiera «echado narices» se acababa la vida, y la caza se la ha devuelto.

El terreno de caza

Durante el verano de 2019, tras haber conocido a un trabajador de la ONCE que le ayudó a andar pese a su invidencia, Félix le propuso que fuese a Segovia, lugar donde reside, con una claro propósito. La intención era que quien había sido su mentor a la hora de volver a caminar reconociese todos aquellos lugares por donde el siempre había paseado y había disfrutado de su amada naturaleza.

Afortunadamente para Félix, su nuevo mentor no encontraba peligro en el terreno y en la idea de volver a pisarlo. La experiencia e imaginación hicieron que, mediante un sistema de piedras colocadas en los caminos, el invidente cazador pudiera orientarse e incluso saber con exactitud en qué momento debía darse la vuelta y emprender el camino hacia su casa. «A raíz de ese momento comienzo de nuevo a poder salir al campo y veo como muchos de mis sueños comienzan a incorporarse de nuevo a mi vida y a llenarme de ilusiones».

Volver a vivir

Félix comenzó a aprenderse todas las señales de cada camino. El trabajador de la ONCE se sorprendía de lo rápido que se adaptaba a los caminos aunque, como el propio Félix confiesa, la ilusión y las ganas jugaban un papel muy importante junto con el conocimiento de la zona que tantos y tantos días de campo le habían otorgado. Además, se conocía todos y cada uno de ellos como si aún pudiese verlos.

Al principio, el cazador confiesa que tanto la ceguera como la pérdida de peso, unidos al ictus que había sufrido, hicieron que sufriese algún que otro mareo debido a la nueva sensación de equilibrio que experimentaba.

Sus paseos por el campo durante la temporada de caza, a veces acompañado únicamente por sus perros y otras también por su hermano, se sucedieron mientras las sensaciones, olores y sonidos del campo le envolvían y le hacían disfrutar como un niño. «A veces los perros lograban sacar piezas y disfrutaba con las ladras» asegura. «Muchas veces salto alguna cerca despacito, me siento tranquilamente en la pared y dejo que los perros cacen a su aire mientras los escucho y disfruto».

Félix tiene actualmente nueve perros, algunos regalados por buenos amigos.

Cazar junto a su hijo

Félix reconoce que este año incluso pudo disfrutar de un pequeño gancho a  los jabalíes junto a dos de sus primos, un amigo, y junto a su hijo, como siempre había deseado. «Dimos una mano a una solanilla que conozco en la que a primera hora de la mañana pegan los rayos del sol. Había caído una helada tremenda por la noche y tuvimos la suerte de poder dar con ellos. Yo conocía bien las querencias y les dije donde se tenían que poner».

Finalmente, el cazador nos cuenta que incluso lograron abatir un jabalí, siendo sus propios perros los que lo cobraron y teniendo que rematarlo a cuchillo. «Para mí, aquel día me lo dio todo, fue una experiencia increíble».

Desde que pudo hacerlo, Félix no ha dejado nunca de pasear, muchas veces solo con sus perros. Escucha el canto de los pájaros, el chasquido de las zarzas. Además, confiesa que el jipar de sus perros le vuelve loco.

No recuerda haberse desorientado salvo en una ocasión en la que uno de sus perros le jugó una mala pasada partiéndole el bastón mientras jugaba con él. «Logré llegar hasta casa solo siguiendo el roce del camino en mis pies, pero hubo un momento que el camino se terminó y tuvo que venir mi mujer a por mí».

En el campo es feliz

«Para mí, volver a salir al campo ha sido todo, ha sido volver a descubrir lo que ya sabía y conocía y no me da miedo. Me siento feliz y me siento otra vez la persona que era aunque me falte el sentido de la vista». Félix reconoce que ahora ha desarrollado más el resto de sentidos, de los que se ayuda cuando sale al campo. «Me he vuelto a encontrar otra vez, soy otra persona y soy feliz».

Félix sale al campo con su mochila, una navaja, unos guantes, una bebida, el móvil por seguridad y sus perros. «Sin los perros no sé salir al campo», asegura.

«Ahora mismo, cuando salgo al campo, me olvido de que soy ciego, sobre todo andando por el monte donde he cazado tantas veces desde que era un chavalín. Para mí es todo, disfruto muchísimo y viviría en el campo solo. Me encanta salir al campo con mi hijo y meterme sobre todo por la maleza aprovechando que está él.»

La historia de Félix demuestra la conexión tan grande que un cazador puede tener con la naturaleza, sea con los sentidos que sea. Abatir una pieza no es el fin único de la caza, sino todo lo que el proceso de cazar hace sentir en el interior del cazador.

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