El estado anímico del cazador

16 enero, 2018 • Pluma invitada

El estado anímico y el psicológico pueden llegar a influir más de lo que pensamos en nosotros y en nuestras jornadas de caza y llegar a ser determinantes en éstas.

Ante todo y en primer lugar, las personas que practicamos la actividad cinegética (aunque alguno tenga dudas) somos “personas normales” que tenemos nuestras inquietudes, problemas cotidianos, dudas, ansiedades y quebraderos de cabeza como cualquier otra cosa. Y como en cualquier actividad deportiva, aunque yo la caza no la considere deporte, requiere una concentración y un estado anímico casi perfectos diría yo.

La cosa es que a veces es muy difícil separar u olvidar momentáneamente un problema que te ronda la cabeza y tu jornada de caza. Muchas veces pensamos que saliendo al campo nos alejamos del problema, y probablemente en cierta medida pueda ayudarnos en algo, pero realmente el problema sigue estando ahí, y aunque no nos demos cuenta puede influir muy negativamente tanto en la caza como en nosotros mismos.

En primer lugar, la confianza en nosotros mismos se puede ver diezmada, ya que si, por ejemplo, fallamos más tiros de lo normal, lo vamos a achacar al cartucho nuevo, a que la pieza iba larga o a que nos ha deslumbrado el sol, y lo único que conseguiremos será que caigamos en el desanimo y tengamos ganas de volvernos a casa. En segundo lugar, nos puede afectar en el aspecto físico. Quizás no somos conscientes, pero cuando uno sale como venimos diciendo, con la cabeza en otro sitio, hasta los pies y las piernas parece que nos pesan más de lo normal y es que estamos más torpones; de la otra forma, nos encontramos pletóricos y nos comemos hasta las jaras más espesas que se nos pongan por delante.

La acción de la caza requiere concentración, requiere que nuestra cabeza esté centrada en la estrategia, concentración para intentar adivinar o adelantarnos al animal al que intentamos abatir, ya que, si no, nos dará las vueltas y su instinto le hará salir vencedor, y así fallo tras fallo se apoderará de nosotros la ansiedad, y echaremos la culpa a nuestros compañeros o incluso a nuestro fiel amigo, que desde luego los pobres no tienen nada que ver.

Así que yo soy de la opinión de que si no se está pasando un buen momento anímico, o uno no se encuentra mentalmente con fuerza para afrontar una jornada de caza, evitemos salir, ya que lo único que conseguiremos sera frustranos aún más y volvernos a casa desanimados. Ahora bien, estoy hablando de casos muy evidentes u extremos o de un estado complicado, en condiciones normales, que suele ser lo habitual. Lo recomendable es salir al campo y que el aire puro y el olor a pólvora nos haga olvidarnos de esos pequeños problemas, y es que, como decía el gran Miguel Delibes, en el libro Diario de un cazador: “El hombre en el monte olvida sus habituales comodidades, el tedio de la vida social, la hipocresía de las fórmulas corteses; en el campo, las preocupaciones se achican y los prejuicios se desvanecen”.

En definitiva, que la caza, y el salir al campo, puede ser la mejor cura para evadirse del estrés, de la ansiedad o de los problemas cotidianos, pero si vemos que jornada tras jornada no conseguimos arrancar, que incluso cazando tenemos la cabeza en otro sitio y que a media mañana tenemos ganas de volvernos a casa, es mejor ponerle remedio y recuperarnos del todo para poder disfrutar al 100% de la jornada de campo.

Javier Pérez Gutiérrez


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