En busca del pañuelo perdido de Jose Manuel Redondo

23 agosto, 2013 • Miscelánea

De  verdad  que mi perra fue extraordinaria y mucho  lamento no tenerla ahora, que  van menguándose  mis  facultades  físicas (más  que  por otra razón, por el paso –o el peso, que tanto tiene- de los  años) y porque como auxiliar fue un animal que valía su peso en oro; aunque quizás, mejor debería decir que no tuvo precio, afirmación  –esta última-  que  se  ajustaría  más  a  la realidad y que le haría estricta justicia, toda vez que fue una perra irrepetible: ¡La  perra  con  la  que soñamos todos los cazadores!

Kety, que así decidimos llamarla cuando nos la regalaron con tan sólo veintiocho días, era  producto de un cruce de Pointer (su padre) con Pachón Navarro (su madre). Su capa era blanca y negra, con el pelo corto, como la de su progenitor, y tenía la nariz con la división muy marcada, pero sin llegar a estar partida, como la de su progenitora. No tenía la esbeltez del Pointer, aunque si la solidez del Pachón. Pero… independientemente de sus características físicas, heredó de ambos tal cantidad de virtudes cinegéticas que, desarrolladas  con el paso de los años, la convirtieron en una verdadera fuera de serie.

Era una perra muy dispuesta a aprender y trabajadora infatigable. Siempre estaba pendiente de mi y, como le dedicaba casi todo mi tiempo libre, llegamos a un grado de compenetración tal que causaba admiración a las personas con las que solíamos relacionarnos y que la conocían  por ello.

Siendo cachorro (tendría seis o siete meses), empecé a esconderle un pañuelo mío, al que hacía un par de nudos, dejándolo entre los arbustos del seto que delimitaba los parterres del jardín donde salíamos a pasear todos los días, o debajo de alguna de las frondosas plantas que, en medio del césped, proliferaban por doquier, o simplemente dejándolo caer al lado de alguno de los bancos del paseo… Siempre procuraba hacerlo cuando ella no se daba cuenta, cuando estaba enfrascada tratando de descifrar algún olor interesante, o cuando se hallaba alejada de mi… Luego la llamaba, le enseñaba mis manos vacías y le decía: “Kety, he perdido mi pañuelo, encuéntralo”…

Y la buena de Kety, salía de estampida buscándolo hasta que, indefectiblemente, volvía con él en la boca y me lo entregaba sin parar de mover su rabo, mostrando así su alegría y satisfacción por haberme complacido.  Recuerdo un día que incluso tuvimos ocasionales espectadores: Un matrimonio con un niño de unos cuatro o cinco años que acertaron  a pasar junto a nosotros, en el momento que mandaba a Kety a buscar el pañuelo perdido.

Se quedaron observando las idas y venidas de la perra que, en esta ocasión se alejó bastante de donde estábamos y, cuando regresó y se sentó delante mía, aparentemente sin el pañuelo, oí el comentario que el padre le hacía a su hijo: “No ha podido encontrarlo, pobrecita”… Yo, apuntillé: “No se fíe nunca de las apariencias, por que, a veces, engañan” y, al decir esto, acerqué mi mano a las fauces de Kety que, dulcemente, depositó en ella el pañuelo que llevaba dentro de la boca.  El padre no daba crédito a lo que estaba viendo y el chaval se abrazaba a mi perra dándole besos, hasta que su madre lo separó para poder proseguir su camino.

Más adelante, fui complicando su entrenamiento, trasladándonos al campo. Concretamente a unos terrenos, que un  amigo tenía en las proximidades de mi ciudad, que era tan amante de los animales como yo y que seguía los progresos de mi perra con tanto interés como si se tratase de algo suyo.  Allí, la dejaba en el coche y me alejaba caminando por un campo sembrado de alfalfa, o entre los surcos de una plantación de alcachofas, o cruzaba algún margen, o me perdía entre los naranjos de una de las parcelas de la finca…

Al final, dejaba caer mi pañuelo y volvía al coche, procurando hacer el mismo recorrido, pero a la inversa… Y allí la tenía, sentada en el maletero y mirándome sin pestañear, esperando que la mandase a buscarlo. Cuando le abría el portón del coche, podía notar que temblaba de excitación pero, permanecía sentada hasta que le daba la orden: ¡¡¡ buscalo !!!… Entonces ya no había nada que la detuviese.  Daba verdadero gozo verla seguir el camino que yo había utilizado, realizar los mismos cambios de dirección que había efectuado y… volver con el pañuelo, exultante de satisfacción, para entregármelo y recibir su recompensa: una caricia de mi mano y una cariñosa palabra de felicitación por el trabajo bien realizado.

Como residíamos en una ciudad de la costa mediterránea, con la llegada del  buen tiempo solíamos acercarnos a la playa y, como en aquella época (estoy hablando de hace treinta años) no decían nada por estar con los perros en la arena, Kety venía siempre con nosotros. Y allí estaba hasta el momento en que veía que me zambullía en el agua… La siguiente en entrar en el líquido elemento, detrás de mi, era ella… Y conmigo permanecía, sin separarse de mi y nadando alrededor mío, todo el tiempo que yo estuviese “en remojo”.

Todas estas cosas, mas un sin fin de experiencias y enseñanzas que tuvo durante esta época de su crecimiento y que absorbió y asimiló, como si de una esponja se tratase, hicieron que cuando empezó a cazar conmigo, primero la codorniz (su maestra de primaria, todos los veranos) y, posteriormente, la perdíz (su catedrática de estudios superiores, los inviernos), lograse algo que no está al alcance de muchos perros, aunque sus orígenes o su sangre fuesen mucho más “puros” que los de mi perra: el doctorado en todas y cada una de las materias de ese complejo arte que es la caza.

Por supuesto, que entre mis amigos cazadores e, incluso entre los de mi propia  cuadrilla había quien presumía de perro… Yo, con motivos más que sobrados para hacerlo, nunca alardeé de ello, mi “natural e innata modestia” fue la causa que me impidió jactarme de los logros de Kety, además de que, era ella misma, con sus acciones, la que hacia inútil – por innecesaria – cualquier “campaña publicitaria” sobre su extraordinarias cualidades…

Buscaba con pasión, sin desfallecimiento a lo largo de toda la jornada. Cuando se alejaba, o ella pensaba que se había alejado, se paraba, volvía la cabeza y me miraba esperando alguna indicación mía.. Si le hacía alguna señal con la mano, bien fuese a derecha o izquierda, en ese sentido reemprendía la marcha, pero siempre a tiro de escopeta… Si empezaba a notar rastros de alguna pieza lo demostraba como ella solía anunciarlo: primero con movimientos más alegres de su rabo, que agitaba más rápidamente conforme el efluvio de la caza le iba llegando con más nitidez; luego, cuando ya tenía localizada la pieza, y conforme se acercaba a ella, con movimientos mucho más ralentizados –como a “cámara lenta”- , hasta que, de forma súbita, se producía su total inmovilización…

Se quedaba rígida, en completa tensión, con el rabo en prolongación con la línea de su espalda y el hocico apuntando hacía la pieza escondida… Sólo se le notaba, fijándose bien, un especial brillo en los ojos; por lo demás incluso daba la impresión de haber dejado de respirar, tan era el estado de concentración en que quedaba sumida.  En ocasiones, si me demoraba un poco en darle la orden de entrar, ladeaba su cabeza, mirándome de reojo y como queriéndome avisar de que tenía la pieza delante… Yo no podía evitar sonreir con satisfacción al darme cuenta de su “inteligencia” (indudablemente era una perra con mucho conocimiento) y del grado de compenetración que estaba alcanzando conmigo y que nos hacía entendernos muchas veces sólo con mirarnos.

Si de cobrar alguna pieza herida o alicorta se trataba, allí estaba Kety (que para eso se entrenó buscando mi “pañuelo perdido”) para recuperarla. Lo mismo daba que fuera sobre el terreno, que el cobro hubiera de realizarlo en el agua…  Recuerdo que,  uno  de   los  domingos   que  en   la   temporada  se   habían habilitado para el ejercicio de la caza en el coto, después de patearnos una de las lomas más largas y empinadas del cazadero, y ya de vuelta hacia el coche  para tomar “el taco“ de media mañana, vimos, sobrevolando el camino por el que nos dirigíamos hacía el vehículo, una perdiz… Venía descolgada desde lo alto de la loma que teníamos enfrente pero a una altura considerable… No me lo pensé dos veces…

Me eché a la cara la FN que antes había sido de mi abuelo, y posteriormente de mi padre  y, después de sopesar mis escasas posibilidades de acierto, apreté el gatillo: ¡¡¡“pummm”!!!…, sonó el disparo y, ante la general sorpresa, vimos (me refiero, básicamente, a que  Kety lo vio también como yo, porque como tenía conocimiento, cada vez que me veía levantar la escopeta, se fijaba hacía donde apuntaba) como la perdiz hizo un quiebro, dejó de aletear, descolgó una de sus patas y empezó a perder altura, en dirección a una de las manchas de pinos que bordeaban el camino.

Kety, tan pronto entró entre los pinos, salió flechada en dirección al lugar del hipotético aterrizaje y la perdimos de vista durante, al menos, quince largos minutos… Justo, cuando el resto de los compañeros de cuadrilla empezaba a murmurar sobre la inutilidad del esfuerzo de buscar la pieza abatida entre la maleza del pinar, apareció Kety al borde de la pinada. ¡Venia derecha hacia mi, moviendo el rabo con inusitada alegría, para hacerme entrega de la perdiz que acababa de cobrar de forma increíble!  Los compañeros de la cuadrilla no daban crédito a lo que veían pero, ya se sabe: “una imagen vale más que mil palabras” y yo no quise, por las razones de humildad y modestia indicadas antes, meter “ningún dedo” en  “ninguna llaga” y ahí quedó la cosa… Durante todo el tiempo que pude disfrutar de su compañía, que fue todo el que vivió a nuestro lado, no dejó en el monte pieza muerta o herida sin cobrar y, eso que algunas (doy fe de ello) fueron recuperadas en condiciones verdaderamente dificultosas.

Un aciago día, al volver de nuestro cotidiano paseo de mediodía, noté que se fue derecha al cacharro que tenía con agua en la cocina vaciándolo completamente, y mientras que su estomago se dilataba de forma anormal, comenzó a quejarse de forma lastimera.  Me asusté al ver su reacción y salí corriendo en busca del veterinario. Cuando llegué y la vió me dijo, con cara de preocupación, que creía que la habían envenenado. La sondó, le hizo un lavado de estomago, le proporcionó antihistamínicos… En fin, se hizo lo que se pudo pero, lamentablemente, no fue suficiente, debido a la potencia del veneno que hizo su efecto en un breve espacio de tiempo…

Nos volvimos a casa y la deposité en su cama, donde permaneció tumbada con aparente tranquilidad, aunque me dio la impresión que sus ojos comenzaban a nublarse… Me quedé sentado a su lado durante un buen rato hasta que, de pronto, levantó la cabeza como si me estuviera buscando y cuando me oyó decirle que estaba a su lado y notó que le acariciaba su garganta, dejó caer su cabeza sobre mi mano y cerró los ojos… Ya no los volvería a abrir.

Posiblemente, algún día me decida a contar algunas de las muchas anécdotas vivida con ella, pero ahora no podría… Siento un picor sospechoso en mis ojos y no encuentro fuerzas suficientes para continuar escribiendo, aunque sea de Kety, mi más leal y fiel compañera durante los nueve años que tuve la suerte de disfrutarla…  Si existe otra vida (y como dicen por Galicia: “creer en ella non creo, pero haberla, hayla…”) cuando yo deje esta, estoy seguro de que saldrá a mi encuentro, agitando alegremente su rabo y moviéndose alrededor mio, mientras espera que le ordene, una vez más, salir en busca de mi “pañuelo perdido”…

Relato de caza participante en el concurso organizado por Cazaworld, autor José Manuel Redondo.



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