El Lobo de Rubén Toledano

8 agosto, 2013 • Miscelánea

A petición de mi amigo Lolo Mialdea, les relato la convivencia y mis andanzas de pequeño con una loba: LOBA-LOBI. Acabo de leer un relato precioso sobre un Lobo que se crio como perro estando en una finca, compartiendo con el pastor y alimañero sus juegos y caricias. De pequeño yo también tuve un Lobo, era una hembra y se llamaba Lobi. Cuantos momentos inolvidables me dio esa Loba.

Un día estando en la finca de mi padre, allá por donde no existe todavía tendido eléctrico y que precisamente su encanto está en la distancia que media hasta cualquier población destacable; donde el agua llega por motor y las temperaturas en verano sobrepasan cualquier escala en el termómetro. En aquel entorno jugaba con ella y cazaba.

Inopinadamente apareció un día allí. El pastor me dijo que el arrendatario la había traído de Galicia, que era segunda o tercer cruce con Lobo, así que la perra-loba además de ser un Lobo completo al 95%, con sus marcas en las patas, sus andares inconfundibles, sus ojos típicos y su gran boca. Del mismo modo no ladraba, sólo aullaba, y durante los dos años que la tuve – más o menos – nunca la escuché algo parecido al ladrido de un perro normal.

Lobi andaba en libertad, como cualquier perro de la finca. Yo enseguida me hice amigo de ella. Siempre me he llevado bien con los perros y siempre, al olerme, no sé que narices verán pero confían en mí, y aunque sean reservados, se abren y me lamen, me dan su confianza y se hacen amigos míos. Lobi, desconfiada por naturaleza, dado que Lobo era y como tal su naturaleza e instinto podía más que la razón, conmigo era todo amor, lameteos, caricias y arrumacos. Yo contaba por aquella época con los 10 u 11 años y ya cazaba, a mi manera, pues no me dejaban todavía empuñar arma alguna seria, pero con el tirachinas, la tabla de cazar ranas y la linterna, plomera siempre en ristre con la boca llena de plomos correteando por los corrales, apostándome en la sombra y cebando pájaros bajo las encinas cercanas a la casa, poniendo reclamos en las charcas del río en verano sólo para ver el pato descender con ese maravilloso azuzar de alas tan magnifico.

Lobi siempre venía en aquella época conmigo. Como os digo pasaba gran parte de mi tiempo en el monte y cuando no estaba sólo con Lobi, me acercaba a la finca de al lado, de unos familiares.  Allí vivía una familia tan entrañable que nunca más se podrá repetir, dado que ya los tiempos han cambiado y estas gentes ya son muy difíciles de ver ahora, en los tiempos de internet, televisión por cable y la globalización, ya es difícil conseguir en el cuadro personajes tan auténticos y que pertenecen ya a la memoria profunda de las fincas ganaderas y cinegéticas de antiguo. Allí estos pastores eran la representación viva de lo que siempre significará para mí la vida en el campo, la tradición de pastor, la familia verdadera de cuento y novela. Ya por la mañana Paula, que así se llamaba la madre de Pedro, y su marido Tomás, empezaban con su tarea. La finca de una a otra distaría unos tres kilómetros. Por la mañana temprano salía al campo y nunca se me olvidará escuchar desde esa distancia, entre la bruma matinal la voz aguda de Paula con su frase favorita para los cerdos: ¡“hijos putas los cochinos”!…a lo lejos pero totalmente identificable. Lobi lo primero que hacía era tirarme de la manga. Ya era casi de la familia a los pocos meses.

Cuando veníamos de Madrid lo primero que hacía era venir a saludarnos y me miraba con sus ojos tan profundos, con esa maravillosa inteligencia atávica, y me hacía una reverencia y enseguida, haciendo media vuelta, insinuaba juego y que la siguiera. Dábamos una vuelta al corralón, a las casas de los pastores, nos acercábamos a los comederos de las ovejas y cuando ya estaba todo revisado y habiendo tomado contacto con lo primero, como si de un ritual se tratara, nos íbamos alejando hacía el pozo, bajando por un camino. Luego cruzábamos la cancela al otro lado de la finca y pasábamos a la zona del río. Allí lo andábamos, buscábamos culebras, erizos, lagartos… ¡cuántos lagartos había antes, y cuantos pájaros, cuantos renacuajos en las charcas y cuantos bandos de distintas clases de pájaros!

Hoy eso, debido quizás a los venenos y a la modernización del campo a nivel agrícola ya no se ve. Ya el campo no bulle en primavera como antaño.  Cuanto tenemos que aprender los humanos del amor de los animales, incluso de un Lobo. Cómo me traía a las manos liebres seguramente cogidas encamadas, ranas, sapos, erizos…

Me acuerdo un día que me senté a la orilla del río. Permanecíamos solos y era verano. Las bichas pitaban que daba gusto, los alacranes y ciempiés estaban en plena ebullición. Estando tranquilos los dos nos fijamos en una silueta reptando en el agua. Era una culebra grande, verde, con la cabeza muy triangular y de apariencia peligrosa. Nunca antes la había visto.

Lobi se tiró sin pensarlo, fue nadando a donde estaba, la saco como pudo mientras que la serpiente tiraba “tarascás”, y al salir a la orilla con unos movimientos rápidos y seguidos sacudiendo la cabeza, mató a la culebra.

Así hacia ella, con una maestría que se pierde en lo más antiguo de los tiempos y es transmitida de padres a hijos. Estos animales saben matar rápido, seguro y de forma instantánea.

Lo que más me dejaba alucinado era la rapidez con la cual me llenaba de “trofeos”, a su manera regalos para mí. Como orinaba encima de los erizos para que al abrirse le permitiera transportarlos hasta donde yo estaba.  Cuando íbamos a cazar ranas de noche, con linterna y paleta… ¡como participaba ella, como para sí, atrapando también ranas! Cosa curiosa era su humanidad, y como humanidad me refiero a saber que era bueno o malo para ella o para los de la casa. Nunca la vi matar a una veja, perseguirla, o a los corderillos amagarlos, ni a las gallinas…sólo comía las ovejas muertas, lo que encontraba en el campo, trozos de pan duro de los demás perros, y las sobras….eso que yo viera claro.

Llegó un día que Lobi apareció con una herida en el codo de una pata.  Se le estaba engusanando y pese al zotal y limpieza que le hacía, al volvérsele a ensuciar, no paraba de volver a criar gusanos. La “perra”, quejosa, se vino a mí y pareció, con mirada, decirme que o hacía algo o se nos iba al cielo lobuno. Le rogué a mi padre que nos la lleváramos a Madrid a un veterinario, y mi padre, que no era amigo de sacar a los perros del campo a la ciudad por la pena que se produce luego en el animal al devolverlo a la libertad en la finca, al final accedió con reticencias a ello por no verme a mi triste. Era todo un cromo ver a la loba esconderse del ruido tapándose la cara contra el suelo como otros perros he visto cuando llegan del campo a la ciudad. Debe de asustarles en gran manera la contaminación acústica y los ruidos descontrolados de tráfico, sirenas y golpes de la urbe. Se quedaba alucinada al verse en un espejo; no sabía que hacer y pensaba que era otro lobo y se asustaba y encogía; luego miraba de soslayo y con una mezcla de confusión y curiosidad examinaba aquella replica de imagen. La primera vez en un cristalón que había en un portal de Diego de León, pegó un salto al verse. Acaba de descubrir un espejo. Igual al pasar las primeras escaleras.

Esto fue en Avda. de América al cruzar por el túnel del metro. Estábamos bajando para cruzar por el tunelcillo que comunicaba ambas calles, ahora mucho más desarrollado y amplio con el gran intercambiador que han realizado. Antes era sólo un túnel comunicador. Lobi, al estar bajando se quedaba muy quieta entre escalón y escalón y parecía que bajo sus almohadillas de las patas tuviera cristales y los tuviera que pisar con cuidado, bajando con esa delicadeza lobuna tan delicada y fina.

Mis amigos urbanitas, de los que siempre creo que nos ven a los niños que hemos tenido la grandísima suerte de conocer el campo, la caza y el ganado, así tan de cerca y tan natural, por nuestras historias y conocimiento de las cosas del campo…creo que nos ven un poco raros. Decirle a un niño de ciudad que montas a caballo, que juegas con tu jauría de perros, que vas a cazar con los pastores, con los perros, a pastorear las merinas, que ayudas en la matanza, la caza, el careo o les cuentas historias de caza, creo que estos chicos de ciudad, por su cara de admiración y sus preguntas después de contar alguna aventura sucedida en la dehesa, se quedan mudos…creo que siempre me vieron como un poco idealizado, como un personaje de novela vivo o algo así.

Siempre esperaban mi llegada estos amigos del colegio y del barrio cuando venía de la finca para preguntarme por mis aventuras. Ahora las cosas han cambiado e incluso para aquellos que tanto me admiraron por estar tan en contacto con la naturaleza, cazar, pescar, correr libremente por el campo…ahora también en ellos han hecho mella las injurias y mala fama que nos están dando a los cazadores y gentes del campo con nuestras costumbres, sanas todas ellas y naturales, pero que se empeñan en contaminar con falsas difamaciones por intereses más allá del hecho de cazar o pescar, de criar un ganado que luego comes… Ahora les da asco ver como destripo una presa, me miran raro cuando les cuento que salgo a cazar y no entienden mi empeño en salir de la ciudad y perderme en el monte.

Dicen que la ciudad es mejor y que cazar es un asesinato. Esto hace años no pasaba y con 10 u 11 años, el tener un lobo como mascota, subirse a caballo y contar historias de pastores, era todo un grado entre mis amigos de ciudad.

El primer día que presenté a la loba en sociedad, me acuerdo que estaba por el barrio de la guindalera, cerca de Diego de León, y me metí por unas calles paralelas de la calle Azcona y Cartagena. Como si de un pequeño pueblo se tratara, al poco rato tenía más de 15 amigos preguntándose cosas del Lobo o del perro, pues no tenían muy claro si era un Lobo o un perro raro. Todos rondaban mi edad y ponían una cara de sorpresa tremenda al ver a ese pedazo de perro, con ese pelo, con esa cara, con esa grandiosidad en general, al lado mío sujeto por un pequeño ramal. Yo presumía abriéndole la boca y enseñando esos colmillos como puñales, desmesuradamente grandes en comparación con los de los perros normales.

Una vez un chiquillo quiso probar la bravura de la perra y si me defendería. Se acercó y empezó a tontear y a meterse conmigo. La perra al intuir que las cosas no andaban bien y yo al reprender al chaval, simplemente tuve que amenazar con soltar al Lobo para ver correr calle abajo al “catador de lobos” con cara de pavor al ver que la loba cambio radicalmente y no dudo en tirársele enseñando toda la artillería de boca, con ese gruñido gutural estremecedor que sólo el lobo sabe hacer, con esa contracción de morro y esos colmillos al viento…

En la casa de campo, cuando fuimos un día, un veterinario se nos acercó y nos preguntó que qué hacíamos con un lobo. Le contamos su historia y maravillado la estuvo analizando media hora al menos, como si fuera un tesoro. No dejaba de decir, o al menos así ha pasado a mi memoria:

– ¡Si lleva las marcas del lopus canidus en las patas. Es un lobo, es un lobo!

En Madrid teníamos un perro de ciudad que me regalaron: Una Cocker de nombre “Timba”. Tengo una foto que aparece junto a Lobi y esa foto siempre estará en mi corazón, en mi recuerdo. Juntos perro y lobo.

Llego un momento que ya estaba curada la gusanera y en un viaje de Madrid a la finca mi padre me dijo que la devolviéramos.  Yo evidentemente no quería. Me acuerdo cuando llegamos: No salía de casa y no se separaba de mi, como si intuyera nuestra vuelta sin ella. Cuando llegó el momento de la despedida, yo lo pasé realmente mal. Nos montamos en el coche y mirando por la ventanilla trasera veía a Lobi correr, pasar alambradas, saltar regatos y cruzarse a los lados del coche. Poco a poco, lento pero cada vez un poco más lejos, la fuimos perdiendo en la lejanía y el polvo del camino… Allí quedó este maravilloso animal, como difuminado en mi memoria, viéndola de frente corriendo lengua fuera y con ese poder tan palpable en su carrera.

Sólo la volví a ver una vez más. Llegamos a la finca y estaba allí, como siempre y también corrió detrás del coche al marcharnos. Ya nunca más la volví a ver. Me dijo el pastor que se marchó, quizás pasó otra cosa, no quiero pensar pues se me saltan las lágrimas de imaginar que pudo haberla pasado y como sería su final, pero siempre quedará viva en mi memoria esa maravilla que en animal fue Lobi, lo que me enseñó, lo que aprendí y lo que significó para mí de niño cazar al lado de un Lobo.

Rubén Toledano

Relato de caza participante en el concurso organizado por Cazaworld.  Toda la información del concurso en: Concurso de Relatos



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