El duende de la cotorra

24 marzo, 2012 • Caza mayor

La temporada general llega a su fin, las caracolas de los rehaleros dejaran de sonar, las ladras de los podencos y sabuesos que inundan nuestros montes pronto cesaran y los cazadores de la menor darán sus últimos paseos con sus inseparables compañeros de caza, los canes. Es una época de cierta tristeza para los cazadores, ya que la temporada culmina con más o menos éxito, pero siempre cargada de ilusiones. A otro gran número de cazadores, que cada día va en aumento, nos alegra que la temporada general de caza finalice. Esto significa que en un par de meses estaremos en la soledad del monte tras el duende del bosque, el protagonista de estas líneas.

En estos renglones quiero reflejar algunas vivencias personales tras este escurridizo animal. Voy a contaros la historia de un capreolus en concreto. Me quitó el sueño, me hizo madrugar muchos días, me hizo pasar frío y penurias… Tan famoso era entre mi cuadrilla que hasta nombre tenía, le llamábamos “el de la cotorra”.

Como todos los años por esta época, empezábamos a hacer escapadas a los territorios corceros con el fin de ver lo que tenemos en nuestros cotos y cómo han evolucionado estos animales para, más tarde, intentar dar caza a este escurridizo animal. Una fría mañana de últimos de febrero, cojo mi telescopio y me dirijo a uno de mis cotos a ver si el de la cotorra da la cara y veo cómo ha pasado el invierno. Me coloco al borde del monte próximo a una siembra cerca de la cotorrita de monte y al cabo de media hora el galán da la cara. El nerviosismo me invade pensando si será él, meto los 30 aumentos del telescopio y ahí está el duende, como el año anterior, dominando su territorio. Todavía está sin descorrear y porta un gran trofeo, muy largo y simétrico, abulta mucho. Me paso más de una observándole hasta que el sol calienta y se retira a su cotorra a pasar el día.

En el viaje de vuelta no paro de maquinar estrategias para darle caza, se la tengo jurada desde el año pasado, pero es perro viejo y sabe mucho. Pasan los días y vuelvo a visitar la zona, pero solo lo veo en otro par de ocasiones, no tengo ojos para nada más, este corzo empieza a ser una obsesión.

Llega el gran día

Estamos en vísperas de la apertura de la caza del corzo y preparo todos los achiperres, pensando que mañana será un gran día. Me imagino la estrategia a seguir para intentar darle caza, dejaré el coche en tal sitio, entraré en el monte por aquí dando vistas a la siembra que tanto le gusta, me asomaré por esta loma para ver el arroyo… Paso toda la noche durmiendo a ratos, y los minutos que duermo no paro de dar caza a este duende. No hizo falta que sonara el despertador para levantarme, vamos allá. Empieza el rececho, todo calculado al milímetro. Pero nada, no está, parece que lo sabe. El galán ha desaparecido o no da la cara, fiasco de nuevo, empieza a venirme a mi cabeza los fracasos del año anterior en el cual no pude darle caza, triste me retiro a casa pero esto es así, sino no sería caza.

La temporada avanza

Van pasando las semanas de la temporada corcera… Los fines de semana que puedo y algún día entre semana me escapo a intentar darle caza, pero se resiste. Mientras yo paso los días obsesionado con este duende, mis compañeros de rececho campan a sus anchas por los demás terrenos de los cotos, abatiendo algún buen ejemplar. Pero yo solo tengo ojos para él, algún día con la moral muy baja rececho otras zonas y los otros cotos viendo animales de un calibre considerable, pero ninguno se asemeja a él, o eso me parece…

Los meses pasan, lo intento todo, recechos por las mañanas, esperas por la tarde, pero es un animal imprevisible con un comportamiento poco usual, como los machos recios y resabiados de esta especie. Es muy raro que se deje ver y si lo veo es o muy tarde o muy temprano, a veces pienso si solo está en mi imaginación porque muy pocas veces lo he visto, pero no es así.

Mi compañero de caza me llama un día de julio muy ilusionado: “Lo he visto, lo he visto, es tremendo, muy largo. ¡Vaya luchaderas! Allí estaba, en el prado de al lado de la cotorra a las 12 de la mañana a pleno sol.” Mis compañeros, sabedores de la obsesión mía por este animal ni se les ocurre hacer amago de dispararle ni rececharle, la ilusión me llena de nuevo, sigue ahí, no se ha ido, ningún furtivo ha acabado con él. Esto me llena de ánimo y vuelvo a rebrotar esa enfermedad que tenemos los que cazamos el duende del bosque…

Finales de verano

La temporada ha avanzado bastante, estamos a finales de julio, mis compañeros han dado caza a algunos ejemplares muy buenos, yo solamente he pegado un tiro a un raposo en estos cuatro meses y no he salido de las mismas cincuenta hectáreas. Se donde duermen los pájaros de la zona, dónde se esconden las lagartijas, conozco a todos los árboles y todas las matas de espino, todos los trechos y senderos que transitan los animales, podría decir que la cotorra y sus alrededores son mi segunda casa, solo me falta dormir allí.

Increíble pero cierto

Es el último fin de semana de julio, ha llegado una ola de calor y quedan pocos días de caza. Se cerrará hasta el tardío, el monte está en pleno esplendor y la naturaleza muestra su cara más bonita, todo está lleno de vida. Llevo toda la semana en el trabajo pensando la estrategia a seguir y lo he decidido, estaré de sol a sol en los alrededores de la cotorra.

El corazón empieza a acelerarse, decido dejarlo beber agua en el río y tirarlo a la que vuelve a su cotorra. El medidor marca 202 metros, los nervios son muchísimos, la incertidumbre de cómo se resolverá el lance me intriga. Me apoyo bien en la mochila tumbado y lo meto en el visor, es tremendo, me tiembla todo el cuerpo, el corzo me da su codillo, mantengo la respiración y acaricio el gatillo hasta que el tiro me sorprende. El animal acusa el tiro, apenas da dos pasos y se desploma en los prados de al lado de su cotorra.

Artículo patrocinado por Aventure Boreale

Como siempre, antes de amanecer ya estoy en los alrededores. Hay rocío en el suelo, la mañana está fresca, veo una corza que se retira pronto de los prados hacia la cotorra, me da buena espina, el celo está comenzando y estoy seguro de que mi duende está cerca. Avanza la mañana, el sol calienta de lo lindo, me entra una modorra terrible y acabo quedándome dormido.

Al cabo de un rato me despierto, miro hacia los prados y un corzo está saliendo de la cotorra hacia el arroyo. No me lo creo, pienso que es un sueño, me froto la cara y me echo un remojón de agua, pero el corzo sigue ahí. ¡Es de verdad! Por increíble que parezca, el muy mamón estaba dando la cara a las tres y media de la tarde.

El corazón empieza a acelerarse, decido dejarlo beber agua en el río y tirarlo a la que vuelve a su cotorra. El medidor marca 202 metros, los nervios son muchísimos, la incertidumbre de cómo se resolverá el lance me intriga.

Me apoyo bien en la mochila tumbado y lo meto en el visor, es tremendo, me tiembla todo el cuerpo, el corzo me da su codillo, mantengo la respiración y acaricio el gatillo hasta que el tiro me sorprende. El animal acusa el tiro, apenas da dos pasos y se desploma en los prados de al lado de su cotorra.

Pocas veces he sentido tanta satisfacción al abatir un animal, tras años de madrugones, fríos, penurias, noches sin dormir, mil y una tretas para rececharlo… el día menos esperado, el que nunca me imaginaría, a la hora impensable, el duende dio la cara por última vez.

Yonas Martínez




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