Educación rural, educación real

12 junio, 2019 • Miscelánea

La educación en el medioambiente es fundamental, pero debe ser una educación de calidad, una educación basada en el ambiente rural y natural, el de nuestros abuelos, el de la gente de pueblo que cultiva sus campos. Son amantes de la caza y de la pesca y son capaces de diferenciar el canto de los pájaros, los ladridos de un corzo o los bramidos de un ciervo.

Desde que tan solo era un bebé, mi vida ha estado ligada a la caza y el campo. Mi abuelo, mi padre y también mi madre eran fieles participes de esta noble afición. Sus fines de semana transcurrían entre montañas, caminando detrás de las patirrojas por los inmensos mares de viñas riojanas, en aquellas tierras entonces cultivadas a la antigua usanza, en vaso, lo cual propiciaba un verdadero refugio y un vergel de alimento para todo tipo de animales.

También recorrían los campos de Castilla, esos interminables rastrojos con ríos de paja que yo aprendí a pisar en mis primeros coqueteos con este mundo, haciendo volar, en más de una ocasión, a esa pequeña ave que nos desvela las noches de agosto.

Para muchas personas ajenas al mundo cinegético, enseñar a un niño a cazar puede ser una auténtica aberración, pero, en realidad, enseñar a un niño qué es la caza conlleva y significa la mejor manera de educación y la mejor forma para que entienda la importancia de la conservación de nuestros montes, del medio ambiente que nos corresponde cuidar.

Mi vida ha estado llena de días de campo y montaña, en los que mi padre, cazador de toda la vida y un auténtico apasionado de lo rural y natural, no escatimaba en clases magistrales sobre fauna y flora en parajes idílicos, que no son otra cosa que «mi monte», mi hogar, mi refugio… Esos campos de La Rioja baja a la vera del Ebro en los que aprendí que somos naturaleza.

Clases teóricas en las que aprenderse el nombre científico de corzos y ciervos era obligatorio, y también su anatomía, la forma de sus huellas, las marcas que dejan en los árboles, sus ciclos reproductivos, las épocas de cría. Me enseñaba la importancia de cuidar el campo que pisamos, de conservarlo, no sólo evitando verter basuras sino también recogiendo los desechos ajenos que encontrábamos y, lo más importante, cuidando y preocupándonos de que los animales que habitan nuestros montes tuvieran comida y bebida. Tendría cuatro años cuando mi verano se redujo a tardes de monte. El delicioso pícnic de mi madre, que recuerdo me encantaba; poner la manta en el suelo, tener cuidado con las hormigas y acostumbrarte a los sonidos de la naturaleza mientras me entretenía jugando con mi madre a las cartas y mi padre pintaba los bebederos para que se mimetizasen más con el entorno.

Este curso, nuestros hijos, sobrinos, nietos han aprendido muchas cosas: matemáticas, historia, química… todo ello muy importante pero, ¿y lo básico? ¿Qué pasa con aprender nuestro mundo más cercano, de dónde proviene el pan, cómo se fabrica el vino, qué pasa con aprender a diferenciar la fauna que nos rodea, por qué sólo nos quedamos en gatos, perros y canarios? Los niños deben aprender a diferenciar las especies que habitan nuestros montes, aprender cuáles son sus sonidos, sus épocas de reproducción y el festín que ello provoca en el campo. Tienen que aprender para poder defender; tienen que aprender para poder cuidar, para poder conservar.

La educación en el medioambiente es fundamental, pero debe ser una educación de calidad, una educación basada en el ambiente rural y natural, el de nuestros abuelos, el de la gente de pueblo que cultiva sus campos. Son amantes de la caza y de la pesca y son capaces de diferenciar el canto de los pájaros, los ladridos de un corzo o los bramidos de un ciervo.

Apostemos por la cultura rural como mecanismo de defensa del medio natural.

Bea Alcoya


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