Crónica de montería de Valdelacasa, por Cinegética Garrido

28 octubre, 2017 • Caza mayor

Las ocho de la mañana en punto marcaba el reloj, en el restaurante La Montería de Aliseda, cuando Enrique Garrido daba comienzo al sorteo de las casi cincuenta posturas con las que iba a cazar esta bonita mancha de la Sierra de San Pedro.

Con premura, que el calor apremiaba en estas situaciones, Cinegética Garrido quería comenzar a cazar lo antes posible esta finca compuesta de una gran extensión de jaras apretadas con una dehesa que le da pie a la sierra y que, en esta fecha, siempre se convierte en dominio habitual de las reses que, atraídas por la primera caída de la bellota, la frecuentan en busca de alimento.

El primer cierre, que montaba el amigo Angelito, salía nada mas caer en suerte el último de sus monteros. Los demás, a continuación, sin prisas pero sin pausas y en orden fueron cerrando la zona a cazar.

Desde primera hora se pudieron escuchar los disparos, distribuidos por todas las armadas, dado que las reses, inquietas por el extraño transitar de vehículos por la finca, no paraban de dar vueltas buscando un lugar seguro.

Así, con la entrada de las últimas traviesas, los cazadores observaban cómo dos grandes pelotas de reses, en las que viajaban cuatro o cinco venados de gran porte, dejaban la parte a cazar buscando el abrigo de la mancha de «La Osita», pero ahí estarán para cuando se cace.

Pasadas las diez y media se soltaron las rehalas. Los perros, con el fragor de los primeros momentos de cacería, poco tardaron en dar con reses, levantarlas y empujarlas a los monteros, que hicieron lo propio afinando puntería y atronando la sierra con sus disparos.

Gran expectación había en la traviesa del Manantío, de nueva colocación y donde se esperaba una gran afluencia de lances. Esta no defraudó y las noticias que desde ella llegaban eran del todo halagüeñas, con múltiples lances a jabalí, saldados con mayor o menor fortuna.

La de los canchos, al estar obligados los animales a apretarse más en esta espesa mancha, también mejoró su rendimiento, abatiendo un total de cinco venados y dos jabalíes entre todos sus componentes.

En el cierre de la cuerda y en el del Valle fueron los venados los auténticos protagonistas, cobrándose en ellos los cuatro mejores venados de la montería.

Los perros tocaban el choque pasadas las doce y media del día cuando toparon con un gran cochino que se despachó a su gusto con los canes ya faltos de fuerza, que no de coraje, y finalmente rompió a las posturas, consiguiendo huir con vida por el cierre de «Aceitunilla».

En ese momento y vista la caza que había ya cobrada, Enrique Garrido daba órdenes a los rehaleros de retirarse a los caminos y volver a los camiones sin cazar. El calor apretaba y no era necesario esquilmar la finca.

Los postores retiraron a los monteros de sus puestos y los acompañaron a la comida, donde el amigo David esperaba con unas buenas viandas para acompañar a las anécdotas de la jornada.

Las caras de satisfacción reinaban entre los cazadores que tomaron buena cuenta del arroz preparado por “La Montería” mientras los carniceros trabajaban a destajo para que el fuerte calor no estropease la carne.

No pudo hacerse la foto del plantel que hubiera lucido un resultado de libro, consiguiendo abatir 39 venados, de entre los que destacaban 4 de muy buen porte, 9 jabalíes con 4 navajeros abatidos entre ellos y un buen ramillete de ciervas.

El amigo Marchena consiguió hacerse con uno de los mejores jabalíes, y Eduardo Marcos con uno de los mejores venados. También hubo monteros con dos y tres reses, como el que suscribe, que consiguió dos venados de montería.

Y como no podía ser de otra manera, Cinegética Garrido abría temporada en una finca especial y haciendo novia a una persona especial. Nada más y nada menos que a Laura Garrido, quien con coraje y corazón conseguía abatirle a los perros su primera cierva.

Pero ahí no quedó la cosa, pues también Andrés Portillo conseguía su primer venado en un intenso lance y de certero disparo, y aunque consiguió escaquearse en una primera instancia del noviazgo solo quedó en eso, una primera instancia.

La sobremesa se alargó hasta casi llegada la noche, cuando el fresco llegó hasta el cuerpo de los que todavía se resistían a abandonar el lugar comentando lances con «los frescos» en la mano. Sin duda, un inmejorable arranque para Enrique y sus monteros.

Crónica de Carlos Casilda Sánchez


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