Crónica de montería de La Rinconada, por Monteros de Siempre y M. de Encinasola

15 noviembre, 2017 • Caza mayor

Comenzaba un fin de semana de caza para Monteros de Siempre, en colaboración con el C. D. Monteros de Encinasola, por tierras extremeñas.

Los andaluces eran acogidos en su hermana tierra Extremadura por Isaac Álvarez, que tenía preparada una entretenida jornada a cochinos en esta preciosa y dura finca de la sierra de Calamonte.

Debido a un incendio forestal, una gran parte de la finca se había quemado el pasado verano, por lo que, a pesar de haber espacio de sobra, únicamente se montaban veintinueve puestos en una finca escarpada de monte muy apretado y duro de cazar, con coscoja, esparragueras, aulagas y jaras, todo mezclado entre pedrizas y escarpadas laderas, un paraíso para el encame de los escurridizos jabalíes pero una tortura para perros y perreros.

Tras el desayuno, Isaac Álvarez tomó la palabra y comenzó el sorteo al terminar con las últimas indicaciones de Paco Berjano. Se sorteó con todos los sobres encima de la mesa, como es habitual en Monteros de Siempre, a excepción de una armada en la que se pidieron voluntarios por lo dificultoso de su montaje.

Pronto se partía hacia el cazadero, aunque finalmente no se soltó hasta las doce del medio día.

Inmediatamente después, los perros arrancaban con un par de jabalíes, que se encontraban encamados en un pequeño reducto verde en mitad del quemado, y que por no estar cerrado, al nunca imaginarse que se iban a encontrar allí, se marcharon sin tirar y con toda una rehala detrás, que fue volviendo al lugar de manera goteada mucho tiempo después.

Tras organizar la mano e introducirse en la mancha, los perros fueron cazando y moviendo jabalíes que se resistían a dar la cara a las posturas, por lo apretado del montarral.

Algunos no soportaron la presión, y abandonaron la mancha por las llanas, con algunos fallos estrepitosos de los monteros. La montería transcurrió con normalidad con idas y venidas de lances y ladras, de disparos acertados y fallidos, y sobre las 16 horas se levantaba al último de los monteros de su puesto.

La comida fue amena y allí llegaron los dieciocho jabalíes abatidos, destacando de entre ellos seis buenos navajeros que no vendieron barata su alma, dejando numerosos perros heridos que hubo que atender allí mismo de urgencia por la gravedad de las heridas.

La sobremesa se extendió hasta bien llegada la noche, con las ilusiones puestas en la jornada del domingo, en la que había puesta una gran confianza con grandes expectativas.

Crónica de Carlos Casilda Sánchez


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