¿Cazadores felices?

2 octubre, 2017 • Pluma invitada

El cazador feliz se acaba convirtiendo en cazador de mucho más que caza: es cazador de momentos, de esencias, de sueños… Fue mi pensamiento; me explico. Me encontraba, hace no mucho, sentado en mi atalaya preferida escuchando la berrea. Septiembre se demoraba demasiado, empezando sin esas míticas lluvias que alejarían las voces de las escopetas tortoleras, para encharcar el campo de bramidos, de un rey, que aclama uno de sus principios de vida. Segunda semana y empezaba a refrescar. Por mi zona la tierra exigía agua envolviéndonos en marañas de polvo al pasar por sus caminos. Tenía claro que mi semana de vacaciones transcurriría entre jaras, a la sombra de la piedra que se convierte en mi asiento, dominando el atardecer y brindando la bienvenida a la luna, y allí estaba. Escrito podría quedar el decir que el cielo se prendía con el descenso de la estrella del día o que un tono ocre teñía mis pensamientos a la par que un pasto se sacaba sus últimos brillos con la llegada de la noche, pero prefiero que cada uno sueñe. Entonces llegué a una conclusión: el cazador es feliz. Cómo con tan poco es capaz de hacer un mundo y llenarse de felicidad.

Surgió entonces un debate en un grupo de Whatsapp —de gente magnífica— que creamos al conocernos a través de otra red social. Uno de los allí presentes nos regala de manera altruista vídeos e imágenes por redes sociales, dándole un toque maravilloso a la caza y permitiendo acercarla más a los niños, pues todo lo hace con un respeto absoluto. En una de sus publicaciones compartida en la “Gran Red Azul” le empezaron a tachar de querer lucrarse y le criticaron. Ahí caí en que el gremio de la caza —como todos— tiene manchas oscuras que no son para nada infelices, sino que viven feliz dentro de una soledad o compañía exclusiva, sin importarle el colectivo.

Cada cazador es un mundo y tiene sus aficiones, más o menos decantadas hacia algunas modalidades y alejadas de otras, pero el fondo que todos tenemos es el epicentro de una pasión y en este todos coincidimos. Cuidamos y respetamos la naturaleza, vivimos para hacer el bien sin ningún afán de mostrar a un público, con garras de crítica, los beneficios que hacemos. Cada uno tirará por su lado y seguirá su camino, pero entonces es cuando nos volvemos en contra de nosotros. Levantamos nuestras propias liebres por la ignorancia de nuestras palabras al quedar en bragas hechos o prácticas que realizamos. Pólvora contra nuestro propio tejado, acusando y señalando a personas que, por ejemplo, matan una perdiz viviendo un arte en vez de rompiendo el aire surcándolo, y cómo la ignorancia no entiende de calenturas. Porfiamos y rebatimos sin ni siquiera haber preguntado o intentado conocer lo que criticamos. Hay que abrir los ojos. Parece que, mientras no nos toquen lo nuestro, disparar al cielo tampoco es un error, pero esas balas caen en mano de gente que sí espera la mínima para rebatirnos.

Estamos en momentos donde la unidad debería ondear al lado de nuestro orgullo de ser cazadores y sucede todo lo contrario. Nuestro tejado está cosido a balazos de ignorantes, exentos de la felicidad de ser del gremio e infelices que conocen la caza pero se esconden detrás de pantallas led, guardando distancias. Estamos tocados muy del ala, y por suerte hay personas que se siguen movilizando, cimentando nuestros argumentos con la palabra y el respeto, demostrando que más allá de plomear el campo nos rige un deber… cuidarlo.

Recapacitemos. El que no sume, por lo menos que no reste. Guardemos los comentarios sobre acciones que no sabemos cómo se realizan y vivamos las nuestras. Busquemos esa lucha mano a mano todos juntos. En tema de la felicidad del cazador… como dejó en esta misma página escrito mi compañero Alberto, «preocupémonos por el disfrute ahora, por sumar batallas y comer el taco, por comentar el lance y maldecir los fallos. Vivamos la temporada que comienza con la ilusión de aquel niño, que ya habrá tiempo de que en el mármol se cincele: Aquí reposa un cazador».

Ignacio Candela


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