Amanecer de hierba seca

16 agosto, 2017 • Opinión

Aprendí los secretos de la dehesa antes de saber su nombre, cuando en los veranos jugábamos de sombra en sombra desde el amanecer hasta la noche. Me despertaban los bramidos nocturnos de las vacas apartadas de los becerros y salíamos al jardín con linternas cuando alguna sobrepasaba las cercas a fuerza de indignación. Por las mañanas, cuando todavía bebíamos leche de cabra en la cocina si la vaca ‘suiza’ no daba para más, escuchaba fascinado las conversaciones de los mayores acerca de las sequías de los pozos, las pipas de agua y el gasoil de los motores.

Recorríamos los caminos polvorientos jugando a los pistoleros y cortábamos cabezas de girasol para comer pipas crudas subidos en las breveras o mientras hacíamos aguardo junto a los charcos en busca de verderones.

Sudábamos la gota gorda entre sacas de lana o abriendo galerías tras las pacas de paja en los viejos tinados y nos asombraba la pericia de los carboneros cuando cubrían con tierra seca los hornos de leña grandes como cúpulas de iglesia.

A veces en plena siesta nos arrastrábamos entre la coscoja en juegos de niños con los que aprendimos a distinguir olores, colores y sabores, observando el comportamiento de los animales y el crecimiento de las plantas y subiéndonos a las encinas en busca de nidos como tesoros de cucaña.

Bajo la vigilancia de los mayores nos bañábamos en piscinas pero también en pilones, dos horas después de comer para que no se nos cortase la digestión, y nos escocían los arañazos de los jaguarzos en las piernas. Después de todo un día de juegos, y aún más si habíamos echado una mano cargando pacas de heno o descargando pienso de un camión, caíamos rendidos como si nos hubiesen inyectado un somnífero.

Hay un olor que tengo grabado en la memoria por encima de todos, el del corcho recién sacado. Todavía hoy, cuando hay ocasión, me acerco al descorche y cierro los ojos poniéndome ante la cara una plancha de corcho recién desprendido del árbol, porque el sutil aroma de la savia me transporta a la infancia con más nitidez que una fotografía. Me veo aún con las manos negras, contemplando la zorra entre troncos por las laderas pronunciadas y a las mulas con cangallas camino de la pila.

He oído historias de campo a quienes se apartaron de él. He leído libros como El balcón en invierno de Landero, que describe con la maestría su infancia en el campo; o Anna Karenina de Tolstoi, con cuyas páginas rememoré emociones a través de la vida de Levin. Y he escuchado muchos testimonios de quienes, como mi madre, vivieron su infancia lejos de la ciudad.

Leyendo mis palabras pudiera parecer que soy uno de ellos. Una de esas personas que se crió en el campo y no regresó a él, por lo que conserva la añoranza de unos días felices y de unas sensaciones que no volvieron jamás. Pero no. He seguido recreándome y aprendiendo, estudié ingeniería agrónoma y amplié conocimientos por encima de lo imaginable, y aquellas observaciones de niño se convirtieron un día en comprobaciones de laboratorio y nombres en latín.

Sigo disfrutando de nuestras dehesas. Tal vez por la infancia o tal vez por todo, la admiro como ecosistema único y como lugar maravilloso, y me recreo con sus paisajes en todas las estaciones del año.

Si alguien me preguntase diría que me gusta más en otoño. Si la contemplo en primavera, dudo. Y si la disfruto en invierno, no sabría qué decir. Pero nunca he dejado de quererla en verano, y todavía hoy no sé si se debe al olor del pasto seco al amanecer o a los recuerdos de la infancia. Lo cierto es que ese paisaje ahora seco, amarillo bajo las copas de los árboles cenicientos, de charcas limosas y secas, de barro cuarteado y de sol justiciero, me sigue trayendo imágenes imborrables y olores perfectos.

No puedo negar que me gusta pasear por las playas con marea baja, contemplar los amaneceres y las puestas de sol en el mar, me gusta el pescado fresco y la brisa al anochecer. Pero incluso cuando disfruto de la costa, cuando al caminar se hunde la arena bajo mis pies, se me viene el olor a hierba seca, a amanecer fresco entre encinas, y me estremezco al pensar que aprendí los secretos de la dehesa antes de saber su nombre, cuando en los veranos jugábamos de sombra en sombra desde el amanecer hasta la noche.

José Luis Gil Soto

Publicado en hoy.es


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