Álvaro Martínez: El animalista radical (ponle un solomillo y verás lo que dura)

29 junio, 2017 • Opinión

¿Qué piensas hacer con el dinero si ganas?, le preguntó el presentador a una concursante.

-Pues mudarme a una casa más grande con mi chico [lo de novio ya no se lleva] y mis 17 chiquitines… Tengo tres perros, dos gatos, una iguana, tres tortugas, dos ratas (sic), dos erizas, un mapache y un par de conejos-, respondió la muchacha.

-Vaya, tienes un zoo en casa…-, replicó asombrado el conductor del programa.

-¡Nooo, zoo no!, ¡los zoos son caca! Una cárcel…-, sentenció la muchacha que convivía con 17 animales en un piso.

Con ustedes, un ejemplar, televisado, del famoso animalista ibérico, una raza caracterizada por la presunta defensa (de palabra o de obra) de los derechos de los animales, a los que llegan a conferir principios y capacidades hasta ahora solo atribuibles al ser humano que, aunque algunos lo duden sigue siendo la especie terrícola más avanzada. El animalista está hoy lanzado, tanto que hasta tiene un partido que en las últimas elecciones obtuvo 220.369 votos, casi seis veces más que en 2008, lo que indica su progreso.

Como también progresan sus fobias, fetuas y anatemas de corte fundamentalista, con los animales de por medio. A la causa general contra la Fiesta de los toros, se han ido uniendo distintas partidas de acoso al circo, los zoológicos, las actividades de carga y arrastre, las pajarerías y resto de comercios del sector y hasta a la experimentación con animales en la investigación biomédica, sí, la que sirve para curar enfermedades y librar a las personas de padecimientos. Todas las sociedades científicas de prestigio los consideran esenciales para el progreso de la medicina; el animalista pide que no se usen en los experimentos porque sufren que no veas.

En los laboratorios también se ensaya con cerdos, unos diez mil al año, una minucia si los comparamos con los 41 millones de marranos que pasan de enero a diciembre por los mataderos y terminan en el estómago del consumidor, entre ellos, el de los animalistas. A estos, ante un plato de jamón o un solomillo, se les pasan tan ricamente los recelos, como si el animalito hubiera muerto voluntariamente o de tos.

No ha encontrado el animalista una respuesta eficaz a de dónde se piensa que salen el chuletón que se mete él entre pecho y espalda y el filetito de pollo de su nene. O el cogote de merluza. En el caso de los toros de lidia prefiere asirse al concepto de la tortura, el estrés y el mal rato que pasan los astados en la plaza, volviendo a atribuir al animal potencias humanas. Explicarle a un animalista que si no hubiera corridas no habría reses bravas es inútil, como es una pérdida de tiempo que comprendan el portentoso beneficio medioambiental que rodea a la cría de ganado de lidia, ligada a esa alhaja ecológica llamada dehesa, donde los animales viven bastante mejor y mucho más tiempo que, por ejemplo, las gallinas de una nave industrial avícola.

Y ya da cierta pereza explicarle incluso el componente cultural, la inspiración artística que genera, lo de Goya, Picasso, Lorca, Hemingway, Zuloaga, Bergamín. Casi no merece la pena entretenerse porque aquello es una pared que, en sus casos más extremos, se salda llamando «asesinos» a toreros y aficionados, y ya hemos terminado de hablar.

Donde no ha entrado todavía el animalista es en el tinglado montado alrededor de la salud reproductiva de los animales. Parece extraño que aún no se hayan encadenado a una clínica veterinaria donde se castren gatos y perros a diario sin que sus dueños tengan en cuenta el presunto derecho del animalito a tener una sexualidad como Darwin manda. Si estamos con los derechos de los animales, estamos con los derechos de los animales, a ver si para unas cosas sí y para otras no. Seguramente, son legión los animalistas que capan a la gata, «que cuando le entra el celo es un coñazo, la pobre». Ahí declina claramente el derecho animal.

El animalismo radical también tiene comandos que pasan del dicho al hecho, normalmente subvencionados por organizaciones internacionalesque viven de esto y controlan el cotarro de las protestas. Los activistas que saltan a las plazas, manchan estatuas o abren la puerta en una granja de visones están bastante organizados, igual que la jauría que insulta y desea la muerte de los taurinos en la acequia digital en lo que, metafóricamente y aunque ellos no lo sepan, puede que sea una reivindicación de la vida salvaje a tenor del asilvestrado tono de sus comentarios. Como a los animales les diera para reflexionar sobre el comportamiento de sus presuntos custodios, saldrían corriendo.

Álvaro Martínez 

Publicado en abc.es

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